miércoles, 12 de junio de 2013

Perfil 20

Yo, de verdad, no tengo tiempo de nada. Las semanas de estreno tienen síndrome pre-menstrual, y por consiguiente, atentan contra tu vida y tu estabilidad mental. No he tenido tiempo ni de respirar, pero igualmente, aquí estoy, evadiendo los clicks de mi computadora de trabajo para desahogarme un poco y liberar toda esta insanidad.

La semana ha sido una completa locura. No ha habido un día libre para hacer algo, y no lo habrá en un buen rato. Estrené hace dos fines de semana (valga la cuña), una obra que me encanta: Alicia a Través del Espejo. Una maravilla. Como es lógico, el número de encuentros para pulir detalles se hizo más frecuente durante los últimos días, y eso, para el resto de la humanidad, es un peo.

Entonces todo converge y hace kaput. Y tienes 32 entregas en un mismo día, y además tienes que estar en 83 partes al mismo tiempo. Y vives en Caracas. Y empieza a llover. ¿Me explico? Las semanas anteriores el ritmo de trabajo estaba bastante llevadero, hacía un calor de puta madre, pero el tráfico no era más neurótico ni caótico de lo normal. Pero en semana de estreno Molière decide jugar con tu destino y burlarse de ti, y hacerte entender, siempre, que el teatro es un eterno presente. Todo lo que nunca te ha salido mal en un ensayo, te va a salir mal en ensayo general o en plena función. 

Y también, este año decido ocuparme, finalmente, de mí misma. Entonces voy al médico, me hago controles varios y me saco la sangre para chequear que todo esté bien. Y entonces todo comienza a derrumbarse cuando te sucede lo siguiente: 

La ciudadana en cuestión entra al laboratorio de reconocida clínica caraqueña a someterse al puyaso vampirezco que le permitirá saber cómo está su cuerpo. Se sienta. 

- ¿Cómo es tu nombre? 
- Patricia Ramírez 

El amigo bioanalista comienza a buscar el nombre de la paciente en una computadora, sin éxito. 

- Patricia Camacho, ¿no?
- Patricia Ramírez. 

El amigo sigue buscando, mientras la susodicha observa que, claramente, su nombre todavía no está registrado en sistema.

- Aquí está. Patricia...
- Sigue diciendo Patricia Camacho. 
- Bueno, ¿y esa no eres tú?
- No, cuchi. No. Me apellido Ramírez, te lo juro por Madonna. Vengo referida por el doctor tal.
- Bueno, pero eso no me lo dijiste. 

La susodicha respira profundo y espera a que su nombre y apellido aparezcan en el sistema. 

- ¿Y por qué estás aquí? 
- Bueno, porque estoy referida por tal doctor, y me estoy cuidando... Pero eso no es tu peo, amigo. 
- ¿Cuidarte? Pero si tú eres tan bonita. A mí me gustan las gordas bonitas, así como tú. 

Cuchi, mi rey. Detente ya. No me gusta que me digan gorda, yo sé que lo soy, pero no me gusta. Detente.

- ¿Sabes? Tú no necesitas cuidarte. Tú eres muy bella. Pero a mí las gorditas lindas como tú no me paran, porque dicen que soy demasiado falso. Por cierto, soy asistente personal de Roque Valero y Hany Kauam. 

Buena forma de venderte, amigo. 

- Mmmm... qué bueno. ¿Cuándo estarán listos los resultados? 
- Pero espérate. Fíjate que a mí me caen unos culos súper ricos, pero yo no les paro, porque a mí me gustan como tú. Mira esta tipa. (El amigo procede a mostrar foto de una Diosa Canales wannabe. La susodicha intenta usar su poker face). 
- Mmmmm... Imagínate. Los resultados, ¿tardarán mucho? 
- No, esta misma tarde los tendrás listos. 
- Perfecto. Buenas tardes. 
- ¿Tienes Pin o Twitter? 
- No, amigo. Yo no soy tecnológica. (Saca su Iphone para dejar en claro el rebote). 

Amigo querido. Mentira, no eres querido porque me caíste bien mal. Te me guardas el chanceo para cuando no tengas una aguja cerca, y para alguien a quien, en verdad, le interesen esos artistas y tu capacidad de levantar jevas llenas de silicón. No, Dios no le da cacho a burro. A mí me gusta Fito Páez y gente que hace música fina. Y no me gustan los pantalleros. Y te me soy natural de pies a cabeza. Guárdate las frases de conquista de arepera para el respectivo local, y no para un laboratorio lleno de pacientes. Chévere que te gusten como yo, porque hay para todos los gustos. Pero, gordito, ¿de verdad crees que decirme que te levantas culos que están más buenos que yo es una estrategia coherente? ¿De verdad crees que agarras a alguien diciendo que eres asistente personal de un artista o dos? Ay, mi cuchi, es que... te explico... Yo soy actriz (en construcción, pero actriz al fin) y aunque no me conozcas, yo sé cómo se bate el cobre en el medio. No me interesa que te la des del rey del arroz con pollo contigo, porque, te cuento... Eso conmigo no va. 

Lee un ratico. Escucha música buena. Haz comentarios coherentes y guarda la pantalla led que tienes por personalidad. Y después hablamos. Además, eso de caerle a alguien en tu lugar de trabajo, es bien raro, ¿no te parece? Eres un galán de arepera otoñal súper camisa blanca (básico, pues). Y yo estoy ocupada. Y no tenía maquillaje puesto ese día, así que dudo que me viese despampanante. Y no, caerle por Twitter a alguien no es mi estilo. Chaito, mi rey. Soy una mujer bien ocupada y tengo cosas que hacer.

jueves, 2 de mayo de 2013

Viajando en Macondo

Odiseo es una jeva. Lo siento por Homero, por toda la base de la cultura occidental, por todas las clases que puedo haber recibido (y dado) sobre el viaje del héroe. Ese carajo es una jeva, una mamita quejona. 

He aquí la exposición de motivos de tan hereje aseveración. 

Resulta que una persona como yo, de clase social media, no tiene tantas bodas a las cuales asistir. Yo soy una arrocera virtual, porque me disfruto todas las bodas de la clase alta Caraqueña sin necesidad de estar invitada. Porque las edito. Lero, lero. 

Pero en estas ocasiones extrañas en las que algún conocido (en este caso una prima) deciden lanzarse al agua, una te me tiene que aprovechar e irse al jolgorio, donde quiera que éste sea. No por el jolgorio en sí (aunque eso tiene su peso, porque es necesario echar un pie matrimonial de vez en cuando), sino por lo especial de la ocasión. 

Pues bien, el anuncio se hizo con el tiempo suficiente, los pasajes se compraron con la prudente antelación. Todo estaba saliendo cual lo acordado. Y entonces todo se vino abajo, porque volamos en Conviasa. 

El segundo "resulta" de todo este cuento tiene relación con el origen de mi familia materna. Resulta que mi madre es de Valera. Y ahí es donde se hizo la bailanta. Pero para ir para allá, uno tiene que venderle su alma a Hades, las de los demás familiares, las de los no concebidos y las de los parejos de los no concebidos. Porque sólo tienes la oportunidad de ir en tres días específicos. 

Entonces, nos levantamos temprano. Nos levantamos demasiado temprano, y bajamos al aeropuerto con la esperanza de no vivir un restraso demasiado fuerte. 

- Buenos días, cédula de lo pasajero (si, sin "s"). 

Esta hija menor entrega las cédulas respectivas, y procede a esperar los boarding pass. 

- Disculpe, señorita, ¿A qué hora está estipulado el despegue? 

- A las 11. 

Mi madre comienza a armar la guarimba y saca la bandera, coloca las cornetas en el mostrador y se dispone a vociferar "Cada vez son miles, y miles y miles...". 

- Madre, quédate quieta. 

Una vez todos registrados, procedemos a pasar al área de sala de espera... A echarnos los cuentos, porque no queda de otra. Eventualmente, miramos la pantalla del registro y estado de los vuelos. El nuestro se retrasa una hora más. Sucede lo inevitable: saco mi doña interna a relucir, nunca antes vista, según los testigos. 

- Yo te digo, de verdad, que se perdió el respeto. Esto en mi época no era así, chica. Porque una te me viajaba con clase, con glamour, con calma. Porque mí papá trabajaba en Aeropostal y yo te me viajaba en la cabina, con el piloto.

La familia estalla en risas y comprendo que de ahora en adelante es mi deber improvisar un Stand Up para hacerles la espera más llevadera. 

La pantalla nos había mentido. El vuelo no se retrasó una hora, sólo media. Nos montamos en la camionetica con alas que era ese avión. Sólo faltaba una aeromoza diciendo "Buenas tardes, señores pasajeros, yo vengo a pedirles una colaboración..."

Muy bien, el avión no llevaba niños llorones y todos íbamos sentados con personas del mismo núcleo familiar, así que no tocó doña conversadora, ni don con ronquidos e invasión de espacio personal. 

Una hora después: 

"Buenas tardes señores pasajeros, les informamos que tendremos que maniobrar por 20 (se lee veinte) minutos más, mientras esperamos a que otro avión logre aterrizar. Las condiciones climáticas están complicadas, y de no poder hacerlo, tendremos que devolvernos a Maiquetía". 

¿A MAIQUETÍA? Se escucha entre improperios varios. Pasan los veinte minutos. Nos devuelven. La madre del piloto, del que le puso el nombre de Conviasa a Conviasa, de la aeromoza, de toda la compañía, comienzan a salir a bailar a medida que las van mentando. 

Luego del silencio incómodo, del asombro, de buscar cámaras escondidas, aterrizamos. El piloto nos da la bienvenida y nos desea feliz tarde. Yo pierdo los papeles y me bajo de aquel aparato que vuela como si el cielo tuviese policías acostados, con una furia indescriptible, porque me acaban de dar la vuelta en U más grande de toda mi vida. Una vuelta en U aérea. 

Nadie aparece, todos parecen ver a kilómetros de distancia a mi mariposa en el cuello, reluciendo sus colores por mi nivel de histeria. La gente comienza a vocalizar para comenzar a cantar alguna canción de marcha. Nadie se queda quieto, todos se quejan. La frase del momento es "por eso estamos como estamos.". 

Llegamos a las correas para recoger las maletas (sí, nos mandaron a hacerlo) y nadie aparece. Mi madre y yo procedemos a buscar a alguien, así sea un cono de seguridad (tienen los mismos colores de la compañía) para que nos explique cómo demonios haremos ahora. La respuesta es obvia: 

- El vuelo sale mañana [día de la boda] a las 8. 

- ¿Cómo el de hoy, gordito? ¿Cómo hacemos si yo me caso mañana?

Y de repente me convertí en la wife-to-be de todo el asunto, y estaba por dejar plantado a mi novio. Mis familiares no volverán a preocuparse porque soy artista. Se dieron cuenta de que un artista en la familia es útil, porque les resuelve, con sus inventos, situaciones de crisis. 

Sí, por las siguientes 10 horas (leen bien), yo me convertí en la novia desesperada que iba a dejar a su novio plantado en el altar. Mi novio valerano, que, según un señor, debía llamar para explicarle la situación y que no me fuese a dejar por otra. 

El drama logró sus objetivos, a medias, pero los logró. Estuvimos demasiadas horas en el aeropuerto, comimos sentados en el piso (algunos) y otros (como mi madre) nos antojamos de comernos un heladito. 

Entonces, para matar nuestras ganas, nos dirigimos a la heladería del recinto, y, cuál es nuestra sorpresa al ver al encargado haciéndose un facial frente a la máquina cafetera. A saber, se extraía de su nariz unos higieniquísimos puntos negros. Entonces corrimos. 

Nos montamos en un avión hacia Maracaibo, pero a las 12:30 A.M.(Estaba pautado para las 10:40 P.M.). Llegamos a la tierra del sol amado a las 2:00 de la madrugada, arrastrando nuestros cuerpos hacia un hotel en donde descansan los restos de Al Capone. Demasiado dinero y putas por todos lados. Bello el hotel, sospechosamente bello. 

Y entonces se fue la luz. 

Y luego volvió, nos dieron la llave de la habitación y subimos a, finalmente, descansar. Error. La habitación que nos tocó estaba desordenada y sucia. Llamamos para pedir cambio. Los encargados, muy apenados, nos dieron una nueva, pero en ésta las llaves no servían, así que no pudimos entrar. 

Entonces llamamos al botones, para que nos resolviera la situación. Y vino con una llave tradicional (las que nos habían dado eran de tarjeta) a abrirnos. 

- Señor, y ¿no nos darán una para nosotros? 

- Ay, señorita, ¿para qué? Si ustedes lo que van a hacer es dormir. 

Vete, tienes razón. Quiero dormir. Son las tres de la mañana. 

Logramos irnos, un señor nos buscó en el hotel y nos fuimos por tierra a Valera. La esperanza del descanso se vio truncada por la capacidad de discurso del conductor. Nunca, nunca se quedó callado. 

Y llegamos muertos a arreglarnos y salir a la boda. Y lo logramos. Y vi a mi prima y lloré desconsoladamente, y ella también. Y volví a llorar en la hora loca. Porque yo la quiero, y todo esto lo hice por ella. 

Así que, Odiseo, eres una jevita. Porque si tu hubieses viajado en Conviasa, nunca hubieses llegado a Ítaca.

viernes, 19 de abril de 2013

Taca Taca Pum Pum

Yo no sabía en lo que estaba pensando en aquel momento. Estaba enfocada en cambiarme de carrera, así que el paro fulano (que tanto nos hizo sufrir luego) me cayó de perlas, porque me habían mandado a leer un montón de libros (La Iliada, la Odisea y la Eneida) para el más famoso control de lectura de Literatura I (o Literatura Clásica I) de la escuela de letras de la UCAB. Así era de egoísta. Me leí todo en ese tiempo, y saqué muy buena nota en el examen. Luego de un año me cambié a la carrera que quería: Comunicación Social, y me arrepentí, porque me di cuenta de que era (soy) demasiado intensa. Hoy agradezco que sea esa mi carrera/hobby (comentario de actriz que asume con dignidad su vaina). 

Recuerdo ese abril turbulento. Recuerdo la desesperación desde mi cuarto, el impacto al ver la rebelión de los medios (todos, menos el del Estado) y su pantalla dividida. Recuerdo las marchas (a las que nunca asistí, más allá de caminar por las calles cercanas a mi casa, porque no creo en eso) multitudinarias. Siempre me parecieron inútiles (pero respeto a quien lo hace porque cada quien tiene el derecho de manifestar como lo desee, así lo dice la bicha). Pero una de las cosas que más recuerdo, a pesar de los días de terror, de los muertos, del desespero, de la impotencia... lo que más recuerdo es un día de marchas en particular. Tocó que los dos bandos marcharan el mismo día, muy cerca el uno del otro. Y entonces decidieron jugar fútbol. Y lo recuerdo en cámara lenta porque así lo pasaban en los medios, los panas de ambos bandos, jugando fútbol sin necesidad de caerse a golpes. 

Hoy, después de diez años (dolor en el corazón al reconocer eso, por la edad que tenía en el momento y la que tengo), me doy cuenta de lo mucho que ha pasado, de que ha pasado rápido, y de que Venezuela se la va a pasar enyesada por un buen tiempo, antes de curar esta fractura. No sé en qué momento nos convertimos en enemigos, no sé en qué momento esto se convirtió en conspiraciones de lado y lado, en jugar al carnaval incendiario disfrazándonos del otro, no sé en que momento nos convertimos en unos y otros. Cuando siempre hemos sido unos, o por lo menos esa es la forma en que yo siempre he querido vernos. 

Abril tiene un problema/fetiche bien grande/arrecho con Venezuela. Porque cosas importantes han pasado en abril, que lo diga Emparan. 

Las formas de protesta y celebración han hecho del lugar donde vivo un Taca Taca Pum Pum casi insoportable. Y no entiendo, no entiendo nada. Entiendo muchas cosas, mejor dicho, pero no entiendo cómo es que existe tanto odio y tanto insulto de lado y lado. Siempre he sido opositora (un artista critica por naturaleza, uno verdadero), siempre he ejercido mi derecho al voto, pero estoy harta de las burlas de ambos bandos: los memes ya se hicieron aburridos. Sin duda, en este país no nos aburrimos, pero yo digo que lo que menos necesitamos es tanto circo, porque somos los animales que el maestro de ceremonia entrena a punta de latigazos. 

Y me duele horriblemente. Y estoy rarísima porque no entiendo cómo es que tanta cosa mala se albergó entre tanta gente chévere. Y ayer brindé, no por la resolución del CNE, ni por la convocatoria al salserolazo fulano (de por sí, me parece que ponerse en plan bochinche es muy poco serio para la situación), brindé, con todos mis poros por una sola Venezuela. Una. Sin la palabra enemigo en el subtexto. Sin maletas listas para partir. Sin miedos, ni envidias, ni odios. Una como la de ese señor, que sin conocer el país, escribió la canción más bonita que se ha hecho sobre este lugar. 

Una sola. Donde todos nos acompañemos. 

lunes, 8 de abril de 2013

Yo sí uso la palabra "changa"

Yo todavía siento que ya esto de bajarle dos a la vida, en un momento como el que está viviendo mi país, es bien complicado. Todos los posibles temas de conversación/posible posteo que pienso, me parecen absolutamente banales. Es terrible. 

Pero luego me pongo a pensar: "Mí misma, si seguimos con tanta intensidad en la vida, nos vamos a terminar lanzando, Tú, Gollum y yo, al metro, en hora pico. Y eso es muy cliché." Por supuesto que ya me estoy preparando con la debida ansiedad para el domingo que viene, porque eso, así las elecciones se conviertan en un evento mensual, siempre causa un sustico. Pero creo firmemente que a veces es más que necesario tomársela con soda, con aguakina o con agua de coco. Como se prefiera. 

Y hay una persona en este momento de mi vida que realmente me está enseñando a bajarle dos a toda mis intensidad pseudointelectual. Iba en estos días a un ensayo con esta ella, y me dice que ha recuperado una porta CD que contiene los recuerdos de Mahoma en música. Es decir, no es que tenía canciones que canten los que prediquen la fe musulmana, no. Sino que eran más o menos de ese tiempo, por su antigüedad. 

Y, por dárnosla de fuertes, pusimos estos disquitos a sonar. Error. La cédula cayó, abrió un nuevo hueco en la autopista y se quedó en China esperando a que vayamos a buscarla. Y me di cuenta de que los años ya me están pegando (no me acordaba de la letra de la mayoría de las canciones, algo que yo siempre le critiqué a mi madre - sé que la venganza es dulce - ) y que si de algo me sirvió a mí la adolescencia, fue para quemar el mal gusto en música. 

Los noventa nos hicieron mal a quienes tuvimos que pasar por ella uniformados con chemisses azules y posteriores beiges. Esa "changa" era toda igual. De hecho, para mí todo eso sigue sonando igual y le sigo diciendo "changa". Nosotros, los adolescentes de aquel tiempo, no bailábamos realmente - ahora lo sé - hacíamos bailoterapia en la fulana olla. Y estoy hablando del promedio, yo de vaina y bailé, porque entre la timidez, el colegio de monjas y mi habilidad social de ameba... No podía hacer más que bailar con la puerta de mi nevera. 

Fuimos testigos del nacimiento del tatarabuelo de American Idol: Operación Triunfo. Simon Cowell, desde esta esquina tercermundista te digo: "eres un bobo". No inventaste nada, mi rey. Ese poco e' gente hispanohablante de tu continente, se encargó de adelantarse en tu tarea, lo que pasa es que tú te me fuiste mucho más astuto y lograste comercializarlo más. 

Pasamos por el fanatismo desmedido por David Bisbal, Rosa y Chenoa, y nos indignamos cuando, en la segunda temporada, ganó Ainhoa en vez de Beth. Fue el fin de ese programa para la mayoría de la audiencia venezolana. Esa época en que los programas se transmitían al mismo tiempo, era bonita. 

Y pues, nuestro Menudo criollo, sin duda, fue Salserín. Aquí no me voy a meter a criticar porque no puedo ser objetiva. Yo lloré cuando mi madre se rehusó a comprarme una entrada más para ver nuevamente un concierto que ya me sabía de memoria. Yo lloraba a mares con "Yo sin ti" y juraba que si iba al parque éste con los delfines, Florentino se iba a enamorar de mí. 

Y luego me hice mejor persona. Me crecieron las lolas, las nalgas, las caderas y el cerebro. Y todo se hizo mejor. Ahora escucho otras cosas y sólo me digno a esgañotarme con estas canciones cuando quiero olvidarme de todo y recordar mi ridiculez adolescente, porque la adulta sigue, sin duda. 

Yo me estoy convirtiendo en una doña menopáusica precoz que saca el abanico de su cartera cada vez que tiene calor (True Story, mis alumnos son testigos de ello). Y de eso me di cuenta cuando, después de una de estas "changas", sonaron las insignes notas de Mambo Number Five. Y entonces la cédula se fue al centro de la tierra, porque China le pareció como cerca para esa caída. 

Yo me estoy haciendo vieja. De aquí a unos meses empiezo a bailar con los dedos índices hacia arriba, como si estuviese haciendo aeróbics, al mejor estilo de todas mis tías-abuelas. 

jueves, 4 de abril de 2013

Qué bonita vecindad

En algún momento de la vida comenté que tengo unos vecinos bien particulares. Para vivir en la zona donde vivo (en donde uno esperaría un poco más de glamour de parte de los sifrinos de toda la vida), esto es la vecindad del Chavo. Resulta que yo vivo un poco en donde se enchufa el Sol, y por lo tanto, todo en teoría debería ser tranquilo, y tal. 

Porque la cuestión es bastante silenciosa. Y he ahí el problema de todo este asunto. Resulta que vivir donde el diablo dejó las cholas no es tan chévere, no sólo por el problema de transporte y lejanía del resto del mundo. Aquí se escucha hasta la liberación de flatulencias de los habitantes de la casa contigua. 

Y siendo mi vida como es, pues los vecinos evidentemente no pueden ser normales. Cuento con un variopinto grupo de gritones y cantantes de ducha que hacen de mis mañanas y noches una absoluta miseria auditiva. 

En primer lugar, contamos con el ejemplar más representativo de la zona. A quien cariñosamente hemos apodado Quasimodo porque ese señor grita como si Frolo lo estuviese azotando en la joroba todo el día. En realidad asusta la cosa. La primera vez que lo escuché estaba en ese limbo de conciencia en que sabes que duermes pero no duermes realmente. Y me ha despertado el hermoso cantar de este Mío Cid enloquecido gritando: 

"¡MÁÁÁÁÁÁAÁÁTAME! ¡MÁTAME! ¡MÁTAME! ¡MÁTAME!"

Fue bello descubrir cómo es el techo de mi cuarto, luego del salto que pegué. Y su repertorio no se limita a estos cantos celestiales, a veces simplemente le da por gritar las vocales, o llamar a su mamita. En fin, que el señor, pobrecito, está senil. O al menos eso espero. Porque en verdad suena como que estuviesen filmando Saw 87 en la casa de al lado. 

Luego tenemos a la única e inigualable Ballenata de Oro (sí, escrito así porque me imagino a una doña gorda con bigotes, y ella no merece que escriba bien la palabra ballenato). Esta mujer podría hacer que Simon Cowell se saque los tímpanos de un solo tirón. Es como un walkman sin pilas, la pobre alma en desgracia. Todos los días, todos, me despierta al son de una canción diferente. Pero esa mujer no canta. Todo el mundo puede cantar, ella no. Ella se creyó Úrsula en un punto y le robó la voz a la sirena equivocada. Esa jeva tiene la voz de la hermana fea de Ariel. Y es variada en su repertorio, te me va de vallenato a Sandy & Papo con la misma facilidad con la que yo cambio de estado de ánimo. Insufrible. 

Y por supuesto, no podía faltar la pareja histérica que pelea porque una maldita peluquera/lisiada se interpuso en los sagrados/inútiles votos matrimoniales que se prometieron ante el altar hace ocho años/meses. Esta linda parejita se lanza cosas. Y la casa queda al lado, entonces yo siento cómo me golpea cada plato en la nuca. Not funny at all. He escuchado todos los clásicos: "VETE CON ESA PERRA, ¡TE ME VAS DE LA CASA! NO TE QUIERO VOLVER A VER EN MI VIDA", siento que al lado está ensayando todo el elenco de Televisa, preparándose para la llegada de Thalía, después de su última sesión de Botox. 

La cosa deja de ser tan entretenida (asumamos con dignidad que es divertido escuchar el chisme cuando vives en lo más cercano a Wisteria Lane que podrás conseguir en tu vida) cuando esta infame pareja - que debe asumir con dignidad que no lo lograron y que tienen que dejarse ir - la paga con sus críos. Y por eso es que escribí hoy. 

Todo el asunto deja de ser gracioso cuando ambos pagan sus histerias con dos pobres criaturas que no tienen la culpa de nada. Cuando escuchas cada golpe, cada llanto y cada grito de un niño que no entiende qué fue lo que hizo mal, si apenas se está levantando. Y todo el rollo se vino a agrandar porque uno de ellos no quería tomarse una pastilla. 

Mis insultos guarros corrían a velocidades absurdas esta mañana. Pero te digo, reinita, que la capacidad de apertura de garganta de un niño de, a los sumo 9 años (tú sabrás), no tiene en su registro la habilidad para tragarse una pepa. Hay una técnica súper útil: disuélvela y haz que el chamo se tome todo el líquido. No tenías por qué amargarle el día. 

Y si me estás leyendo y te sientes insultada, te lo juro que no me importa sacar trapos ajenos al sol. Si a ti no te importa gritar a los cuatro vientos (y pegarle a tus hijos con la misma fuerza con la que gritas), me imagino que es porque sabes que los demás están escuchando. Creo entonces, que esto, en verdad, es sólo un reporte de tus aventuras como guerrera. 

Cuando seas famosa, puedes llamarme. 

jueves, 21 de marzo de 2013

Ser nueva, otra vez


Últimamente estoy cuestionando (más) todo lo que me rodea. No sé si serán estos días de asueto/luto obligados, no sé si es que la ley seca de semana y pico me dejó medio timbrada. La verdad no tengo idea, pero ando bien cabezona. 



Escribir en este momento tiene el único fin de continuar con un vicio que no quiero dejar. 

Empecé a dar clases, y me gusta muchísimo. Creo que todavía tengo los nervios del estreno acumulados (a pesar de que mis amigos se imaginan que soy Troncha Toro en clase, no lo soy), pero ahí vamos. El salón está lleno de niños maravillosos que escogieron estar allí porque les gusta la idea de mi materia (eso es lo maravilloso de las electivas). A pesar de que tengo que reajustar todo porque voy a perder un montón de días (entre las ya tradicionales elecciones y los días feriados, la cosa se pone difícil), disfruto ser una "profe". 

El primer día me pasé de nueva. Me quedé afuera de la Escuela, como una tonta, esperando a que me atendieran hasta que me dije: "Mi misma, pero si tú puedes entrar, tú eres profesora". Nueva. Y, al entrar, todos me miraron con cara de "Alerta, alumna abusadora en el recinto", hasta que alguien me dijo: "Profe, bienvenida". Sigo con la mentalidad de alumna, y sigo temiendo que mi actual jefe de cátedra (ex profesor) me cierre la puerta del salón si llego cinco minutos tarde. Son cosas que no se pierden en un tiempo. 

No conforme con esto de ser profe, de que uno va creciendo, de que la gente te mira como si fueses viejo (porque te estás haciendo viejo), a la madrina de mi promoción se le ocurrió que yo sería una buena tutora de un trabajo de grado. Porque ella debe estar en un estado de paz mental producido por su fabulosidad, que yo no tengo. Eso, o definitivamente está entre paredes acolchadas, escribiéndome con la lengua, porque la camisa de fuerza no la deja. 

Y más loca yo que acepto. Al parecer crecí, y todo el mundo se dio cuenta, menos yo. Es decir, yo sigo usando franelas con muñequitos de Disney para vestirme a diario. Yo sigo usando ropa rara. Yo no soy una gente seria. 

Yo me visto medianamente bien para dar clases, porque, de verdad, podría asustar a mis alumnos si me ven con mis pintas mamarrachas. Recordemos que esta servidora hizo que, en su tiempo, una estudiante saliera corriendo espantada de Teatro UCAB porque no soportaba verme en pijamas. Sí, yo iba con mi ropa de dormir a la universidad. 

Entonces ahora no soy solamente una profe. Ahora soy tutora. Que Madonna, Michael Jackson y Elthon John se apiaden de nuestras pobres almas en desgracia. 

Esto de crecer así, puede ser divertido. Ya hasta me salió una cana, que, astutamente, está escondida entre las capas de mi cabello. Soy una gente grande, pero creo que todavía sigo viendo a la boa dentro del elefante, afortunadamente. 


miércoles, 6 de marzo de 2013

Vivir la historia

Nunca me gustó estudiar historia. Era la materia que más me costaba cuando estaba en primaria. Recuerdo que mi mamá se tuvo que quedar conmigo hasta tarde, cuando estaba como en cuarto grado, porque no me entraban unas fechas en la cabeza, y tenía examen al día siguiente. 

En bachillerato no cambió mucho la cosa. La historia me aburría terriblemente, sólo cuando tuve que ver Cátedra Bolivariana en noveno me interesé por el personaje en cuestión, y mi trabajo final consistió en hablar de la mitificación de nuestro libertador. 

Pero lo loco de todo este asunto, es que siempre me imaginé que vivir durante esos momentos que estudiaba debió ser súper emocionante. Hasta ayer. No sé cómo definir lo que sentí ayer, sólo sé que puedo describirme como una más de las caras con incertidumbre en la cola que me agarró para volver a mi casa.

Esta historia que vivimos no está llena de caballos y espadas. Esta historia que vivimos está llena de incertidumbre, de lado y lado. He tratado de ser lo más respetuosa posible con quienes sienten dolor sincero por la pérdida de quien para ellos fue una salida, fue una luz (no me refiero a quienes quedan a cargo, me refiero al ciudadano que, honesta y pacíficamente, creyó en él). Y espero que ellos entiendan mi silencio, porque no tengo demasiado que decir, eso lo dirán los libros luego (y probablemente todas esas palabras suenen más grandes de lo que ya es todo esto). 

Ahora entiendo que, no todo el mundo quiso a Bolívar en su momento. Ahora entiendo aquello de que la historia la cuentan los vencedores. Y ahora entiendo que la oposición siempre existirá, aunque sea en silencio, como yo. No tengo ganas de buscarle pelea a nadie, porque siento que es absolutamente innecesario. 

No estoy de luto, sé que muchos sí lo están. Y porque sé lo mucho que duele un luto, respeto a quien, con sinceridad, sufre por esta circunstancia. No me voy a poner a analizar sobre las estrategias de gobierno, sobre la subestimación, sobre si murió ayer, anteayer o el día que se fue a operar. No pretendo hablar de la cadena nacional llena de amarillismo y propaganda. De nuevo, eso, si se sabe algún día, lo aprenderán mis hijos. Sólo estoy clara de algo: mi mala memoria no va a olvidar estos días. Así como no ha olvidado los momentos importantes de estos últimos 14 años. Sé que éste sí es un cuento que voy a contar cuando esté tan arrugada como mi abuela. Ella me echa cuentos de Gómez, yo echaré cuentos de Chávez. 

Vivir la historia suena más épico en los libros. Vivir la historia es mucho más fácil para el lector. Vivir la historia, en el presente de este país y en mi caso, es quedarse sin palabras. 

lunes, 4 de marzo de 2013

Jugando con Dios


Yo no soy creyente. Desde hace un buen rato que no lo soy, y eso lo definí el día que una de las monjas de mi colegio decidió que yo tenía que confesarme, e intentó obligarme a hacerlo. El cuento se hizo corto: me di media vuelta y me fui.

Respeto increíblemente a las personas que creen en cualquiera de las religiones que puedan escoger, por Madonna que lo hago. Y sé que cuesta entenderlo, pero venga, así soy.

El punto es que el domingo tuve uno de los episodios más hermosos del año: vi Godspell.

Señor Jesucristo Bendito. Qué buen espectáculo. Ese grupo de actores puede ser contratado por cualquier iglesia que tenga a Jesús como su figura principal, y hacer creer hasta al más apático.

Es un poco obvio que yo critico hasta el pestañeo de la gente. Y cuando veo teatro es peor. Tenía muchísimo tiempo sin ver algo que realmente me atrapara de la forma como lo hizo este musical, que, debo decir, no es mi favorito. Y no tengo nada malo que decir al respecto. Hay detalles, como todo, porque el día que el teatro sea perfecto en una función, se acabará el mundo. Esa es la magia: la imperfección humana a la que está sujeto.

Una nena con quien estoy compartiendo muchísimo actualmente me dijo: “No es mi musical favorito, no me gusta, y los actores hicieron que me encantara.” Aplausos y risas para este grupo de jóvenes, extremadamente talentosos, que me hicieron ese regalo el domingo. Porque es un regalo.

Y juro que no estoy diciendo esto como una afroamericana que canta en una iglesia. Ni un poco. No me reconvertí, no soy creyente ahora, pero sí me dieron fe en lo que hago, y en la calidad a la que se puede llegar en este país.

Para mí, el show no se trata de una exposición del Evangelio según San Mateo (es el argumento original de la obra), no. Esto se trata de un juego muy astuto para recordar algo que, desde hace mucho rato, nos hace falta tener en cuenta. Si usted va a la función, y no cree, le juro que no va a escuchar un discurso refrito de matrimonio eclesiástico: va a ir a ver a una gente talentosísima, jugando, creando, divirtiéndose, y contagiándole todo lo que hacen.

Según el criterio de esta humilde servidora, ese musical se resume a una de sus canciones: Una hermosa Ciudad. No voy a decir de qué se trata, porque la idea de esto es que vayan a verlo (las pocas personas que me lean y que estén en Caracas tienen que darse ese regalo). 

Ya todos sabemos cómo termina esta historia, ya Mel Gibson se encargó de exagerarla hasta la saciedad. No hay sorpresas en el final, pero sí en el modo (precioso) de contarla.

Quedé absolutamente contenta con este trabajo, contenta y acomplejada. Porque quiero beber la sangre de todos los actores a ver si se me pega algo. Los abrazaba a ver si por ósmosis se me contagiaba el nivel al que llegaron. Mis felicitaciones, mis aplausos, mis lágrimas honestas y mi sonrisa (con mis 30 kilos de cachetes incluidos) a estos panas (porque los sientes tus amigos, de lo mucho que tripean en escena) por este trabajo.  

Y un chapeau bien merecido al equipo de producción. Porque no hay nada más sabroso que saber que esa gente estudió contigo, y echártelas porque tienes unos excompañeros tan talentosos. 

Posada para teatreros desasistidos


Yo ahorita estoy en una de tiempo demente. Se acerca la segunda asignación del taller de teatro musical que vengo realizando desde hace poco menos de un año, y eso implica estrés y ensayos en cualquier espacio de tiempo posible.

Este fin de semana lo disfruté infinitamente por eso: además de ver uno de los mejores espectáculos que he visto en mucho tiempo, tuve un intensivo de ensayos, con mi grupo de trabajo, por motivo de las presentaciones.

Ya para mí es rutinario tener ensayos los fines de semana. Éste, evidentemente, no fue la excepción. La diferencia es que el sábado mi casa se convirtió en la posada para teatreros desasistidos. Nos reunimos todos los compañeros de mi nivel a ensayar, a mostrarnos lo que hemos montado para esta asignación; y de repente mi casa era una mezcla de High School Musical con Camp Rock, pero con más caché y sin tantas cursilerías.

No puedo explicar lo que disfruté recorrer mi humilde morada y ver en cada esquina a un par de personas haciendo algo absolutamente diferente al otro grupo. Por un lado, unos ensayaban en el estacionamiento, bailando;  otros calentaban voz; por una esquina se caían a golpes (por una escena previa, no fue como que alguien se molestó y me destrozó el hogar), en la cocina otras dos encontraban su puta interna… Y mi casa se convirtió en una jeva con personalidades múltiples súper divertida.

Esos momentos hippies son absolutamente necesarios en mi vida, sin ellos, no estaría cuerda (hay que echarle bolas para no reírse por lo que acabo de escribir). Y luego me vi, nuevamente, asumiendo el rol materno/controlador/histérico-cuchi que siempre me ha caracterizado cuando trabajo en grupo. Luego de decirme “mi misma, no cambias”, sonreí un ratico y me eché en el sofá a beber con mi mejor amigo/futuro esposo por contrato ya establecido.

Me dolía hasta la pituitaria. La pituitaria siempre está consternada después de los ensayos, porque no entiende qué es lo que me hizo para que yo la someta a tanto dolor.

Estoy reventada. No estoy recibiendo ni medio centavo por lo que me gusta. Todo lo que me encanta en la vida, no es remunerado. Pero no me importa. Este fin de semana me pasé de cursi. No me importa ser un peluche Pelanas con una  clave de sol en la panza y un micrófono en la mano que diga Yo + corazón + el teatro musical.

Hay presentes y pasados bonitos. Y éste fin de semana me recordó eso. Soy una cursi, y no hay nada que hacer al respecto. 

martes, 26 de febrero de 2013

Una conversación rutinaria

Yo ayer comenté que hago demasiadas cosas, y que sigo con la esperanza de que Proyecto Uno en algún momento tenga razón, y el día se extienda aunque sea una hora más. No sé muy bien qué decir cuando me preguntan "¿y tú qué haces?"

- (Después de un suspiro que dura como cinco minutos).... Bueno, mira, yo me gradué de Comunicación Social, edito bodas, hago un curso de locución, estoy en un taller de teatro musical; de hecho, tengo más o menos 15 años haciendo teatro, porque mi hermana me inspiró a hacerlo... Historia larga, que se resume en: hago de todo un poco, siempre y cuando me guste o me parezca interesante. No lavo, ni plancho, ni cuido muchachos, y no sé si jamás te montaré cachos (si alguien entendió esto, lo invito a recoger su cédula). 

Y bueno, como toda persona normal, intento ir al cine, o compro las películas y las veo en mi casa. Veo televisión, me burlo de lo que veo, navego por internet, posteo en mi blog y en otro blog.

- Ay, chica, pero tú sí que haces cosas. ¿Cómo te da tiempo? Yo no entiendo cómo haces, a mí de broma me da tiempo con la universidad y esto que estamos haciendo ahorita. 

- Bueno, uno resuelve....

- Mmmm... increíble ¿no? 

- Sí, y lo mejor/peor/indefinible del asunto es que ahora voy a ser profesora. 

(Suenan los grillos. La persona en cuestión me mira de arriba a abajo, siempre se concentra en mi franela, no por mis atributos, sino porque siempre es una franela rara)

- ... Ah, te vas a poner seria. 

- No, voy a dar una materia electiva del Cine de Tim Burton. Para eso uno no puede ser demasiado serio, sino correcto. 

- ¿Y te vas a poner tacones? 

(Suenan los grillos con más fuerza, y yo miro incrédula a mi interlocutor/a)

- No. Yo me voy a vestir como me visto siempre, pero voy a dar clases. 

- Ah.... Vale. (Pausa dramática de 30 minutos. Después de 3 cigarros y una lata de Coca-Cola). ¿Y te vas a hacer las uñas?

- ...

- Jodiendo, jodiendo. ¿Cuándo empiezas? 

- El 11 de marzo. Ese día me voy a convertir en una profe. 

lunes, 25 de febrero de 2013

And the Oscar goes to... The Falling

En el post anterior publiqué algo bastante denso para el objetivo de este blog, así que volvamos un poco con el ambiente "lais" (light) de esta taguara, porque si no, vamos a convertirnos en el asesino en serie de The Following, y encontraremos en la depresión de Colibritany (porque evidentemente su dieta del brócoli hervido nunca le va a funcionar) la más absoluta belleza. 

Pues bien, yo por lo visto siento que tengo gasolina infinita en mi cuerpo, y por esa razón hago y sigo haciendo cosas, a pesar de que el día sigue teniendo 24 horas (lo siento, Proyecto Uno, seguimos en la espera) y la semana dura los mismos 7 días. A pesar del absoluto cansancio que implicó participar en la inauguración del Festival de Teatro de Caracas - estuve en el centro durante 12 (se lee doce) horas aproximadamente - yo me acosté tarde ese día, y me levanté "temprano" porque tenía que ensayar. 

El mejor ensayo de mi vida. Incluyó alcohol como búsqueda actoral. No estoy promoviendo el alcoholismo y los vicios varios dentro del ejercicio de este arte, eso sería redundante. Simplemente me pusieron a beber para entrar en el mood. En fin, que luego de eso me reuní, como la mitad de mi timeline de Twitter, a ver los premios de la Academia. 

Y, lo siento. A ese programa le faltó guaguancó. Lloré con "One Day More", porque ahorita tengo sentimientos muy cercanos con esa canción en específico. De resto, todo me pareció muy normal. Hasta predecible. Muchísimo mejor estuvo mi querido Hugh Jackman cuando le tocó a él. 

Y entonces tuve una epifanía...Vi demasiadas películas, por lo tanto ya sabía quién iba a ganar y quién no. Y allí fue cuando todo se derrumbó, dentro de mí, dentro de mí. Porque a mí me encanta indignarme con las decisiones de esa gente, a mí me encanta votar pasionalmente y no sabiendo quién va a ganar realmente (ja, qué aplicable para otros aspectos de mi vida como venezolana). A mí me encanta el drama y mentarle la madre a los panitas que representan al don dorado que todo actor/productor/director/etc. desea. 

Quedé de tercera en la quiniela este año. Súper aburrido. No armé rollos, no me indigné. Así no es tan divertido.

Llegó un punto en que estaba tan aburrida que ya me había lateado con Morfeo y estábamos entrando en segunda base, y entonces vino Jennifer Lawrence a inmolarse con esa hermosa caída. 


Y fue lo mejor que me pasó en la noche (eso, y el comentario de un amigo que explicó por qué Meryl Streep dijo el nombre de Daniel Day-Lewis tan rápido). Lo mejor de la noche fue esa caída e imaginarme el terror de Hugh Jackman (el único humano que se apiadó de ella) cuando la vio en las escaleras: 



"¿Dónde están los guías de esta vaina? ¡Alguien que la ayude! ¡Se escalabró la muchacha! ¡Traigan mertiolate pa' las rodillas de la niña!" 

Priceless

Gracias, gordita, por ponerte un vestido que sabíamos que no ibas a lograr manejar. Yo también me hubiese caído, y también me hubiese quedado en las escaleras esperando el auxilio de Wolverine y de Bradley Cooper. Eres una genia por eso. 

Y gracias, Meryl, por sacarte la pantaletica después para salvar a tu futura pupila. 

Adoro a los artistas y su falta de glamour. 

Ciertos reencuentros de fin de semana

Yo sufro de ansiedad. Y eso, sin duda, es algo hereditario. Mi madre es más nerviosa que cualquier fanático de fútbol en penales, y he luchado contra eso, pero últimamente me resulta demasiado difícil no ser presa del miedo y que eso me domine. Y lo detesto. 

Una dramaturga/cantante/actriz/directora/todera venezolana, llamada Mariana Cabot, escribió hace un ratito una obra donde había un personaje que describe mi situación al pelo. En verdad casi todos me describen, pero hay uno que se deja consumir por la inseguridad y todo el asunto. Y en verdad, me he dado cuenta de que ya casi ni salgo de mi casa, porque me da miedo. Porque tengo que calcular a qué hora más o menos estaría regresando, para saber qué tan cerca de mis cuerdas vocales estarían mis ovarios al momento de salir de algún sitio. 

Y hay gente que no es así, y yo eso lo aplaudo. Y por un rato, durante la semana pasada, me permití no ser así. Resulta que participé en la inauguración del Festival de Teatro de Caracas. Una cosa maravillosa, a mi parecer, porque pone el teatro al real alcance del público.

Y yo lo asumo dignamente, yo tenía muchísimo tiempo sin ir al centro de mi ciudad, porque ahí me pierdo, todo me parece igual y no distingo nada. No, no es sifrinería, es que en serio he tenido las cosas bastante cerca, y yo duermo mucho: ir al centro implica despertarse temprano. Ya lo había visitado antes de esta oportunidad (antes y después de los respectivos cambios), pero ahora tuve más tiempo de detallar ciertas cosas. 

Y me revolví. Por un lado, el proyecto de convertir el centro de Caracas en "Ciudad Teatro", me parece hermoso. Los teatros más hermosos de mi ciudad (sin ofenderse, Teresa, sabemos que tú eres la reina del arroz con pollo con toda esa majestuosidad) están allí. Les hicieron tremendos cariñitos a esos panas. Están hermosos. 

Y por otro, no dejaba de mirar a los lados. De esconder mi cartera. De revisar los mensajes del celular dentro del bolso. Y eso lo hago en todas partes. Y me sentí mal, porque le agarré un miedo terrible a una ciudad que todavía tiene cosas por ofrecer. Y me di cuenta de lo encerrada que estoy en un sitio que tiene cosas tan bonitas. Escuché comentarios tontísimos, otros absolutamente oportunos. Pero el estómago revuelto era conmigo misma, con mis prejuicios, con mis miedos y mi estupidez. Con mi absoluta incapacidad de arriesgar(qué raro, Patricia). 

Y luego me dejé de tonterías y me disfruté la experiencia. Gritar "¡Zamora!" a todo gañote, en el teatro Municipal, con un montón de gente aterrada porque me veía así: 


No tiene precio. 

Y regresé contenta a mi casa, porque sentí la bienvenida de una zona que pensé que me rechazaba (recíproca la relación)  y brindé por ella con un vino al final de la jornada. Terminé ese día dándome un chance para respirar ese ambiente y sonreírle de lejos a una chama que conocí hace tiempo, esa pana a la que no le importaba demasiado pensar en la violencia de su ciudad. Y me sentí un poco más tranquila. Y me dije: capaz, capaz y nos podemos llevar mejor. 

Sólo por ese día, decidí no revisar los titulares de ningún periódico. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Mientras el celular siga en coma...

Si hay algo que debo agradecerle a mi comatoso celular es la oportunidad que me dio de desconectarme un poco del mundo. Estaba absolutamente adicta al aparato ese, y probablemente cuando vuelva continúe mi adicción - porque eso de los vicios a mí se me da de un bien - pero por ahora, me siento casi liberada. 

De no ser porque mi trabajo implica una computadora, y porque tengo el vicio (sano o no) de escribir y postear, me sentiría casi libre de los códigos binarios. Ya en algún momento dije que mi Internet apesta, y por tal razón yo no disfruto ni conozco de las artes de la piratería cibernética al mismo nivel que mis congéneres. A saber: no puedo usar Cuevana o cualquier otro medio para adelantarme a la retrógrada programación de mi país, y estar al día con la cartelera cinematográfica del mundo real (ese donde las cosas están al día), ni mucho menos de las series. 

Por eso recurro a viejos métodos de entretenimiento. Es decir, compro las películas, las pido prestadas o leo libros. Y durante carnavales pasó algo maravilloso: fui a la playa. A mí se me había olvidado lo que era ese sitio. Cuando regresé de Inglaterra estaba casi tan transparente como un papel celofán, y diría que medio verdosa. Fui a la playa, y la excelente gestión de Corpoelec me regaló unos apagones gloriosos que nos hicieron devolvernos. 

Desde Semana Santa del año pasado no iba. Aquello me parecía la tierra de los Munchkins cuando Dorothy abre la puerta de su casa después del tornado. Recordé lo que es, en efecto, relajarse y ponerse cual teja al sol. Una cosa increíble eso de las palmeras, la arena y el mar. No tan increíble las bombitas de agua, y el gentío. Me siento un poco estafada por Celia Cruz, ella en ningún momento habló de eso en su canción. Celia, querida, si la vida es un carnaval, debiste advertirnos de la gentarada buscando un puesto con su toalla y peleándose por las tumbonas a la orilla de la piscina. Pero te lo perdono, porque eres tú. 

Además de trabajar de noche (siempre lo he hecho así desde que trabajo en la casa), decidí que ciertas noches las dedicaré a mi educación audiovisual, y por eso veré películas que siempre he querido ver, o me daré el chance de volver a disfrutar de una serie. Y entonces retomé Grey's Anatomy y todo mi propósito su fue al caño. Lo intenté con Glee, y ya no hubo vuelta atrás. 

¿Qué pasó ahí, mis reyes? Shonda y Ryan tuvieron tremendos rollos en sus vidas para que esto pasara. No entiendo cómo es que los gringos se burlan de las telenovelas latinoamericanas, y hacen lo que están haciendo con McDreamy y su combo. Además, asumamos con dignidad que no tener Mark Sloan implicó la renuncia de muchas fanáticas. Demasiada matazón. Lo que le falta a Meredith es quedar paralítica e ir presa. Porque ya el bebé lo perdió una vez. 

Y con respecto a Glee, su calidad es inversamente proporcional al color natural de piel de Lea Michelle. Reinita, gorda, cuchi, mi amor... Déjalo ir. El fake tanning y la serie. Nadie llega a ninguna ciudad tan reconocida como NY y trabaja en Vogue porque se viste bien, Ryan. Nadie. Y, lo certifico, nadie  - bueno, ninguna mujer heterosexual - estudia teatro musical y se consigue un novio como el actual arrejunte de Rachel. Eso va en contra de la naturaleza del género (la gente que estudia teatro musical entiende a lo que me refiero). 

Decido irme entonces por el celuloide. O bueno, el DVD. Y pongo Lincoln. Me desperté esta mañana sin saber qué había pasado. Recuerdo que iban 40 minutos de película y no había pasado nada. Asumo que mi cerebro se apagó como medida de seguridad ante tanto aburrimiento. 

No fueron buenas elecciones. Pero al menos vi Beasts of The Southern Wild y Les Miserables. Y eso ya me preparó para la alfombra roja. 


miércoles, 6 de febrero de 2013

Siempre será extraño

Resulta que yo me estoy haciendo cada vez más vieja. Hace más o menos una semana fui a la UCAB porque tenía que reunirme con una nena (la pobre no sabe de quién fue víctima) que me pidió asesoría para su tesis. Sí, alguien en el mundo piensa que soy lo suficientemente seria y coherente para dar consejos académicos. 

Y volver a la católica siempre será una experiencia súper extraña. Todo sigue prácticamente igual, en esencia. Exceptuando que ahora hay una biblioteca supersónica atendida por robotina, y que estaba  en el primer ladrillo cuando yo estudiaba ahí. Exceptuando el hecho de que ya nadie me conoce ahí, porque... yo fui estudiante de la UCAB hace 11 años...  Hace 11 empecé en Letras y hace 10 me cambié a Comunicación Social. Evidentemente nadie me saluda en ninguno de esos rincones, salvo contadas excepciones casuales. 

Y entras en trauma, inevitablemente. Te da como un sustico cuando sabes que alguien te pide consejo, porque es que, bueno, tu tesis tal cosa. Ya luego de un rato te das cuenta de que tu (mi) tesis fue un arrebato de locura, producto de una necesidad de sentir que se hizo algo útil, y al final sólo se convirtió en un asesinato masivo a los árboles del Amazonas. 

Y entonces te conviertes en una nueva dentro de una Universidad que viviste por doce horas diarias durante cinco años. Y te vas a algún banquito que quede frente a módulo 4, porque acabas de comprarte un Nestea y es lo que queda más cerca. Porque ya la torta de chocolate con chocolate y más chocolate está demasiado cara. Y entonces te sientas ahí, solita. Y escuchas las mismas conversaciones de siempre. Un pana explicándole a una amiga que es normal su reacción en la primera fumada de marihuana, una despechada por el tipo que no le para, lo negro del alma de tal o cual profesor. 

Y te reflejas. Te ves reflejada, de alguna forma, en cada persona. Incluso en los que ya vuelven a tener el jardín cercano a la biblioteca para darse amor o armarse una escenita. Y te acuerdas de tus escenitas, de tus preocupaciones, de la terrible angustia por algún asunto emocional (en mi caso, la angustia académica nunca estuvo de primer lugar). 

Y llega un día como ayer, y cumples cuatro años de graduada. Cuatro. Y todo el mundo se pone cursi, y te recuerda con cariño. Ese día se acuerdan de ti. Y te das cuenta de que evades el espiche de alma que implica no tenerlos en el día a día. Y te construyes la coraza. Y escribes cosas cómicas. Y te angustias porque estás vieja. Pero agradeces que no sean todavía cinco años. Los múltiplos de cinco tienen como una carga más heavy

Y así cumples cuatro años de graduada. Y no los celebras porque tu estúpido celular juega con tus sentimientos más de lo que lo puede hacer el personaje de turno. Porque muchos se han ido, porque te escondiste y de repente nadie sabe donde está mucha gente. Porque todos cambiamos, porque todos somos más tecnológicos, y en el fondo, seguimos siendo lo mismo. 

Y entonces te levantas del banquito, agarras camino a tu casa. Y ya, al día siguiente haces otra cosa. 

martes, 29 de enero de 2013

¿Sabes el Rey Midas? Bueno, no.

Y seguimos con la desgracia del celular histérico, que ahora decidió irse a Houston (espero) a que lo metan en terapia intensiva. En el post anterior comenté que mi celular entró en un ataque epiléptico masivo y decidió echarse tres, así como también comenté que aquí todo el mundo se lava las manos. 

Pues bien, decidí llevarlo a la compañía telefónica, para que me solucionaran el caso, y al parecer lo van a mandar a la tumba de Steve Jobs para que él mismo lo cure (eso suena raro, pero bueno, se entiende la idea). Ya veremos cómo resulta todo esto que, hasta ahora, suena tan bien. 

El asunto es que en vista de que me quedé sin equipo, tuve que insertar un nuevo chip, con el mismo número de antes, en otro equipo viejo. Y entonces sentí como me volvían a salir más cejas de las normales, se me encorvaba el cuerpo y los pies se me ponían como los de Frodo, porque involucioné. 

Volví a un Blackberry de los años en que Da Vinci hablaba de eso. Un pobre perol que llevó más golpes que cualquier mujer en el show de Jerry Springer, un devaluado dispositivo cuyo hobby, sin duda, es retar a mi paciencia. El jevo tiene un sentido del humor tan particular, que muestra su reloj de arena cada 20 minutos (calculo yo), porque él piensa burda, y tiene cerebro de Miss. Entonces, cuando eso le pasa, se guinda. Y yo debo reiniciarlo. 

Porque cualquier perol que tenga un dispositivo/cable/circuito en su interior, tiene que burlarse de mí, pues. Y así estuve por dos días, hasta que se terminó de morir. 

¿Cuáles, cuáles son las probabilidades de que esto ocurra en tan poco tiempo? Yo tengo que tener algo en la sangre. Así como la gente que pone verdes los accesorios hechos de plata, bueno, yo escoñeto los celulares. Me perdonan el francés.  Yo soy como el Rey Midas, pero al revés, pues. Y podríamos irnos a un símil con mi estado amoroso, pero no lo vamos a hacer, porque este año vamos a tratar de ser dignos. 

Según un pana, yo todo lo que toco lo daño. Difiero, y sé que hay ciertos seres que también difieren de ese planteamiento, pero en fin. Que ahora mi altruista hermana me ha prestado uno, a ver si sobrevive. 

En todo caso, yo espero que en algún momento venga alguien y me cure este defecto. Porque de verdad, y lastimosamente, el tema del celular se ha convertido en una necesidad (gracias, Nokia, son unos cuchis) y andar dañándolos así, en principio de año cuando uno no te me tiene nada en el bolsillo, es como poco práctico. 

PD: De esto también hablo en Mujeres del Siglo 21 en la sección de Los Impelables. Échenle un ojo a ver qué les parece. Sí, es una cuña, deje así. 

miércoles, 16 de enero de 2013

Pilatos no debería ser tan "in"

Además de todos los problemas que he dejado aquí expuestos, voluntaria o involuntariamente, yo hoy tengo uno que me aqueja con profundidad, y quiero asumir que se trata de un problema serio. Resulta que mi celular tuvo un ACV. No, ese no es el problema. O bueno, sí, porque me estoy convirtiendo en una autómata del Wall-e World que sólo está pendiente de lo que una pantalla tiene que ofrecer. 

Resulta que el pana es súper malcriado y decidió que se tenía que reiniciar cada tres minutos, porque eso de jugar a Peek-a-boo a él le parece jocoso. Entonces, luego de entrar por todas las facetas habidas y por haber, típicas de estas circunstancias, yo asumí con dignidad su ataque y lo mandé a un rincón hasta que, al día siguiente, pudiese llevarlo al médico. 

Y resultó ser que la medicina sistémica es más efectiva que ir al Mercy West Hospital. Traduzco: al ir a la tienda en donde se supone que solucionarían mi problema, me trataron como si fuese a causarles uno. Y eso es lo que me molesta realmente. ¿Cómo así que tú no le vas a rendir cuenta a la memoria del santo Steve Jobs? 

Fui a la tienda y el pana de "servicio técnico" lo que hizo fue joder más mi situación. Y lo peor es que en Internet ya salía cuál podría ser el rollo, pero él no me hizo caso. Antes por lo menos podía seguir mandando mensajes, ahora ni siquiera puedo usar el celular. Gracias, gordito, por estar pendiente de tu celular (que ni siquiera es de la marca en donde trabajas y lo exhibes sin ton ni son) y de cuadrarte un culito para la noche. 

He ido a otras tiendas Mac en el mundo, y de vaina te lavan los pies al llegar, mientras te hacen una keratina y te ofrecen un té. ¿Entonces, mi rey?

El problema es que aquí no hay cajera, persona que atienda en panadería, ni en ninguna tienda, que te diga "buenas tardes". Y eso a mí me revienta porque yo me niego a perder el sentido de la educación con los extraños. Con los cercanos soy una guarra que ha traspasado todos los límites de confianza pensables por la mente humana, pero...un poquito de por favor... La gente del día a día no tiene por qué enterarse de quién soy, pana. La gente tiene que mantener un poquito de cordialidad. 

¿Por qué te tienen que mirar feo y voltearte los ojos de una vez? ¿Qué tanto costará decir "gracias, buenos días/tardes/noches", "a la orden"? No entiendo cómo es posible que sea más fácil publicar en un estado de Blackberry que amas el mundo, que amas a tu novio y no sepas decir gracias. No entiendo en qué momento decir "te amo" se convirtió en algo más sencillo que agradecer por un buen servicio.  Eso habla mucho de la bipolaridad social venezolana.

Yo entiendo que en ciertas horas es difícil estar de buen humor, pero ¿todo el día? ¿a cualquier hora? ¿en cualquier canal? No, mi reina, eso no es así. 

Para más, mando un correo quejándome (ilusamente pensando que alguien podrá seguir el ejemplo de Lego y mandarme ochenta productos Apple para aplacar mi ira) y lo que me dicen es, básicamente, lo mismo que me dijeron ayer: "vaya a donde fulano, nosotros no podemos responder por eso"

Pilatos debería pasar de moda en algún momento. Porque así funciona y ha funcionado siempre esta taguara bolivariana: aquí nadie tiene la culpa y todos bajan la santamaría con el aviso de "siguiente ventanilla", hasta que se acaban. 

En algún momento tendré el valor de decirle a alguien que me trate mal que me cuente sus penas, que yo escucho burda a la gente, pero que me sirva el café con amor y me le haga uno de esos diseños de florecitas que se ven tan lindos en la espuma. Yo sé que estamos en la ciudad de la furia, pero más fúrica se va a poner si nosotros seguimos así. 

Me rehúso a dejar de decir gracias, aunque no me contesten. Pero cada día se hace más difícil la cosa. Sin demasiadas moralejas tampoco, que al final cuando no me brindan un buen servicio, lo que hago es dejar monedas de propina. No es un asunto de creerse superior, o no. Nada más alejado de la realidad. Si yo edito bodas y ese es mi trabajo, lo hago bien. Si usted atiende clientes, ese es su trabajo, hágalo bien. No me lance panes con cubitos de mantequilla en la mesa como si usted fuese Magallanero y se enteró de que yo soy de los Leones. Haga el favor. 

Si usted trabaja en una tienda Mac, usted tiene que ser Sheldon Cooper. Y punto. Y si metió la pata, asuma su barranco (la escritora se lo repite a sí misma hasta la saciedad). Si no puede ayudarme con mi problema, al menos llame a quien lo puede hacer, frente a mí, y hágame sentir que le importa lo que me pasa. 

Eso es lo que falta en esta guarandinga, conciencia y respeto por el otro. La gente debería hacer un poquito más de teatro y entender sus reglas básicas, a ver si mejoramos un poco el sentido de la humanidad.