martes, 29 de enero de 2013

¿Sabes el Rey Midas? Bueno, no.

Y seguimos con la desgracia del celular histérico, que ahora decidió irse a Houston (espero) a que lo metan en terapia intensiva. En el post anterior comenté que mi celular entró en un ataque epiléptico masivo y decidió echarse tres, así como también comenté que aquí todo el mundo se lava las manos. 

Pues bien, decidí llevarlo a la compañía telefónica, para que me solucionaran el caso, y al parecer lo van a mandar a la tumba de Steve Jobs para que él mismo lo cure (eso suena raro, pero bueno, se entiende la idea). Ya veremos cómo resulta todo esto que, hasta ahora, suena tan bien. 

El asunto es que en vista de que me quedé sin equipo, tuve que insertar un nuevo chip, con el mismo número de antes, en otro equipo viejo. Y entonces sentí como me volvían a salir más cejas de las normales, se me encorvaba el cuerpo y los pies se me ponían como los de Frodo, porque involucioné. 

Volví a un Blackberry de los años en que Da Vinci hablaba de eso. Un pobre perol que llevó más golpes que cualquier mujer en el show de Jerry Springer, un devaluado dispositivo cuyo hobby, sin duda, es retar a mi paciencia. El jevo tiene un sentido del humor tan particular, que muestra su reloj de arena cada 20 minutos (calculo yo), porque él piensa burda, y tiene cerebro de Miss. Entonces, cuando eso le pasa, se guinda. Y yo debo reiniciarlo. 

Porque cualquier perol que tenga un dispositivo/cable/circuito en su interior, tiene que burlarse de mí, pues. Y así estuve por dos días, hasta que se terminó de morir. 

¿Cuáles, cuáles son las probabilidades de que esto ocurra en tan poco tiempo? Yo tengo que tener algo en la sangre. Así como la gente que pone verdes los accesorios hechos de plata, bueno, yo escoñeto los celulares. Me perdonan el francés.  Yo soy como el Rey Midas, pero al revés, pues. Y podríamos irnos a un símil con mi estado amoroso, pero no lo vamos a hacer, porque este año vamos a tratar de ser dignos. 

Según un pana, yo todo lo que toco lo daño. Difiero, y sé que hay ciertos seres que también difieren de ese planteamiento, pero en fin. Que ahora mi altruista hermana me ha prestado uno, a ver si sobrevive. 

En todo caso, yo espero que en algún momento venga alguien y me cure este defecto. Porque de verdad, y lastimosamente, el tema del celular se ha convertido en una necesidad (gracias, Nokia, son unos cuchis) y andar dañándolos así, en principio de año cuando uno no te me tiene nada en el bolsillo, es como poco práctico. 

PD: De esto también hablo en Mujeres del Siglo 21 en la sección de Los Impelables. Échenle un ojo a ver qué les parece. Sí, es una cuña, deje así. 

miércoles, 16 de enero de 2013

Pilatos no debería ser tan "in"

Además de todos los problemas que he dejado aquí expuestos, voluntaria o involuntariamente, yo hoy tengo uno que me aqueja con profundidad, y quiero asumir que se trata de un problema serio. Resulta que mi celular tuvo un ACV. No, ese no es el problema. O bueno, sí, porque me estoy convirtiendo en una autómata del Wall-e World que sólo está pendiente de lo que una pantalla tiene que ofrecer. 

Resulta que el pana es súper malcriado y decidió que se tenía que reiniciar cada tres minutos, porque eso de jugar a Peek-a-boo a él le parece jocoso. Entonces, luego de entrar por todas las facetas habidas y por haber, típicas de estas circunstancias, yo asumí con dignidad su ataque y lo mandé a un rincón hasta que, al día siguiente, pudiese llevarlo al médico. 

Y resultó ser que la medicina sistémica es más efectiva que ir al Mercy West Hospital. Traduzco: al ir a la tienda en donde se supone que solucionarían mi problema, me trataron como si fuese a causarles uno. Y eso es lo que me molesta realmente. ¿Cómo así que tú no le vas a rendir cuenta a la memoria del santo Steve Jobs? 

Fui a la tienda y el pana de "servicio técnico" lo que hizo fue joder más mi situación. Y lo peor es que en Internet ya salía cuál podría ser el rollo, pero él no me hizo caso. Antes por lo menos podía seguir mandando mensajes, ahora ni siquiera puedo usar el celular. Gracias, gordito, por estar pendiente de tu celular (que ni siquiera es de la marca en donde trabajas y lo exhibes sin ton ni son) y de cuadrarte un culito para la noche. 

He ido a otras tiendas Mac en el mundo, y de vaina te lavan los pies al llegar, mientras te hacen una keratina y te ofrecen un té. ¿Entonces, mi rey?

El problema es que aquí no hay cajera, persona que atienda en panadería, ni en ninguna tienda, que te diga "buenas tardes". Y eso a mí me revienta porque yo me niego a perder el sentido de la educación con los extraños. Con los cercanos soy una guarra que ha traspasado todos los límites de confianza pensables por la mente humana, pero...un poquito de por favor... La gente del día a día no tiene por qué enterarse de quién soy, pana. La gente tiene que mantener un poquito de cordialidad. 

¿Por qué te tienen que mirar feo y voltearte los ojos de una vez? ¿Qué tanto costará decir "gracias, buenos días/tardes/noches", "a la orden"? No entiendo cómo es posible que sea más fácil publicar en un estado de Blackberry que amas el mundo, que amas a tu novio y no sepas decir gracias. No entiendo en qué momento decir "te amo" se convirtió en algo más sencillo que agradecer por un buen servicio.  Eso habla mucho de la bipolaridad social venezolana.

Yo entiendo que en ciertas horas es difícil estar de buen humor, pero ¿todo el día? ¿a cualquier hora? ¿en cualquier canal? No, mi reina, eso no es así. 

Para más, mando un correo quejándome (ilusamente pensando que alguien podrá seguir el ejemplo de Lego y mandarme ochenta productos Apple para aplacar mi ira) y lo que me dicen es, básicamente, lo mismo que me dijeron ayer: "vaya a donde fulano, nosotros no podemos responder por eso"

Pilatos debería pasar de moda en algún momento. Porque así funciona y ha funcionado siempre esta taguara bolivariana: aquí nadie tiene la culpa y todos bajan la santamaría con el aviso de "siguiente ventanilla", hasta que se acaban. 

En algún momento tendré el valor de decirle a alguien que me trate mal que me cuente sus penas, que yo escucho burda a la gente, pero que me sirva el café con amor y me le haga uno de esos diseños de florecitas que se ven tan lindos en la espuma. Yo sé que estamos en la ciudad de la furia, pero más fúrica se va a poner si nosotros seguimos así. 

Me rehúso a dejar de decir gracias, aunque no me contesten. Pero cada día se hace más difícil la cosa. Sin demasiadas moralejas tampoco, que al final cuando no me brindan un buen servicio, lo que hago es dejar monedas de propina. No es un asunto de creerse superior, o no. Nada más alejado de la realidad. Si yo edito bodas y ese es mi trabajo, lo hago bien. Si usted atiende clientes, ese es su trabajo, hágalo bien. No me lance panes con cubitos de mantequilla en la mesa como si usted fuese Magallanero y se enteró de que yo soy de los Leones. Haga el favor. 

Si usted trabaja en una tienda Mac, usted tiene que ser Sheldon Cooper. Y punto. Y si metió la pata, asuma su barranco (la escritora se lo repite a sí misma hasta la saciedad). Si no puede ayudarme con mi problema, al menos llame a quien lo puede hacer, frente a mí, y hágame sentir que le importa lo que me pasa. 

Eso es lo que falta en esta guarandinga, conciencia y respeto por el otro. La gente debería hacer un poquito más de teatro y entender sus reglas básicas, a ver si mejoramos un poco el sentido de la humanidad. 

miércoles, 2 de enero de 2013

Rituales, échenme una ayudaíta


Ok, en el post anterior hice referencia a que este año que pasó no pedí los deseos con cada uva, sino que los quemé en un papel donde escribí lo que espero que se me cumpla para el año que viene. 

Estemos claros, yo no creo en muchas cosas. Yo creo que mi hermana del medio va a terminar teniendo un spa donde le acomode los chacras a la gente, de acuerdo con la última teoría del Feng Shui Tibetano del norte de la nalga de Buda, pero yo no soy así. 

Lo que pasa es que diciembre cambia a la gente. Y este diciembre que pasó, fue bien raro. Los últimos diciembres que he tenido han sido así, raros. Y eso es porque estoy creciendo y estoy dejando de ver el elefante dentro de la boa. Yo estoy empezando a ver sombreros. 

Entonces eso no puede ser. Y punto y se acabó. 

El 31 me despeté de malas y ese mal humor me duró hasta justo antes de empezar a comerme las uvas. Que más que uvas, parecían manzanas de Liliput. Yo tuve que comerme eso cinco minutos antes de las doce (a pesar de la típica discusión de mis familiares que se resumen en "comerse las uvas o no comérselas cinco minutos antes, he ahí el dilema.") porque, en efecto, quería llegar viva al 2013, y no con una de las frutas en cuestión atravesada en el "güergüero".

Entonces ocurrió el primer milagro de año nuevo: Me puse de buen humor. Y empezaron un montón de rituales que dejarían a Abigail Williams y a todo su clan de Salem dando vueltas sobre su mismo eje. Las panas ya me mandaron un correo para que les haga un taller. 

Yo sufrí un ataque de lentejas voladoras, no sé ni para qué demonios, pero me hicieron un "baño de lentejas". El previo rocío con esencia de mandarina que me dejó oliendo a Mistolín se quedó llorando con su mamá, al lado de este episodio. Basta decir que luego de ir al baño, una vez pasada la euforia, se creó la nueva maravilla del mundo: las cataratas de Patricia, llenas de lentejas por todos lados. 

Por supuesto que salí enardecida a correr con las maletas y di cuantas vueltas pude. Crucé la línea de fuegos artificiales varias veces, y en cierto punto sentí que los globos de los deseos de los vecinos me estaban diciendo que en verdad soy hija de unos reyes y que mi "madre" es Madame Gothel. No sé en qué posición dejaría a mis hermanas esta verdad, pero fue lo que yo sentí. 

Cuando fui a quemar los fulanos deseos, el momento intenso se vio opacado por el simple hecho de que el fulano papel no se quería quemar, así que tuve que pasarlo por un velón como ochenta veces, bajo la lluvia de lentejas y los cohetones explotando. Igual fue místico. 

Cada lola tuvo su respectivo ritual. En la izquierda me metí un billete extranjero; no sé si con esto le estoy diciendo al mundo que quiero un extranjero millonario (por aquello de que me puse el billete al lado del corazón), o que el mundo me va a mandar a un intenso izquierdista que consiga plata en el mercado negro. Yo lo hice porque quiero plata, y ya. 

Y en el otro lado me inventé una nueva y me puse un condón. Sí, un condón. 

Si la gente cree que porque se convierta en una lluvia de lentejas va a tener abundancia, yo puedo inventarme una nueva tradición y meterme un condón en el sostén, en la lola derecha, para acabar con mi verano. Capaz y termino teniendo una buena noche con un carajo de derecha, esa gente tiene dinero. Entonces se anularía el deseo de mi otro seno. No sé. El punto es que lo hice porque me pareció divertido y porque si voy a tener una buena noche, va a ser responsablemente (mami, te quiero). 

Y entonces después comimos lentejas, pero cocidas, ya no sé ni por qué es que se come eso. Ultimadamente, chico. De algo tuvo que servir ese montón de expresiones paganas, porque al final de la noche fui la única que se quedó con sus tacones bien puestos. 


A lo que iba, que esa parte de la noche me divierte, aunque no crea (o sí crea un poquito en el fondo). En esa parte de la jornada me vuelvo una niña de nuevo, veo elefantes, veo planetas, veo los fuegos artificiales como si estuviese viendo la última maravilla del mundo, en lugar de ver cómo se quema dinero en el aire. 


Y pasan una, dos, tres horas... Y entonces me doy cuenta de que se me olvidó desear que los cohetones del demonio sólo duren hasta las dos y media, como demasiado. 

Para el próximo año, esparciré la sangre de un dragón que haya follado con un unicornio sobre uno de esos juegos pirotécnicos, a ver si me dejan dormir tranquila. 



Resumiendo

El año pasado no escribí durante buena parte de la época "de-sembrina" (ya sé que el chiste está repetido, pero me sigue pareciendo bueno mencionarlo) porque tuve el mejor viaje de mi vida. Este año no lo hice porque me puse intensa y me alejé del mundo por un rato. 

Y es que sólo a mí se me ocurre ponerme a leer -en este momento del año que se supone que es feliz, lleno de escarcha, y demás- el nuevo libro de Ibeyise Pacheco y uno llamado "Los Hornos de Hitler", cuya autora es una sobreviviente de Auswitchz. 

Luego de perder la fe en la humanidad y saber que el fin del mundo llegó desde antes del fulano 21 de diciembe de 2012 (e igual siento que los Mayas me estafaron), decidí que ahora voy a leer Harry Potter, porque no, no me he leído la saga. Yo siempre llego tarde a las modas, no soy trendy, lo siento. 

En todo caso que asumí estas semanas como un período para hibernar absolutamente. Creo que tengo un poco más de pelo y todo; no hice otra cosa más que levantarme y acostarme muy tarde, leer, hacer zapping de 800 canales que no tienen nada demasiado interesante para ofrecer (más allá de los maratones de The Big Bang Theory y Friends, gracias Warner, que Bugs Bunny te bendiga siempre) y pensar, pensar mucho. 

Ya seguro que todo el mundo posteó sobre lo que fue su año, y yo, como siempre, llego tarde al asunto. Pero es que resulta que este año para mí fue tan particular, que necesitaría como 30 posts más para poder contar todo. 


Así que, simplemente, mi año se resume en: 

Empecé en otro país, me fui, lloré, volví a Venezuela me y deprimí por la inseguridad; entré en un taller de Teatro Musical que hace de mis tardes una absoluta felicidad a pesar de mi cara de miembro posterior bajo; empecé un curso de locución que me hizo darme cuenta de que el personaje de jeva antipática y ácida se me da bien; fui a Disney, fui feliz, volví, se me incrementó la paranoia; me presenté en el teatro de Chacao y mis lolas exigieron su protagonismo; perdió Capriles, cumplí años, volvió mi mejor amiga y no la veo demasiado, perdí un par de zarcillos y la dignidad con ellos, seguí adelante; consolidé amistades, la pasé mal (y también la pasé muy bien) en el medio en el que me quiero desenvolver, aprendí de esas malas pasadas aunque nunca lo hablé realmente; entendí aquello de que "la confianza da asco" con mi mejor amigo; retomé contactos con gente fina en los últimos días del año, empecé a escribir en Mujeres del Siglo 21, tengo dos sobrinos que viven en el país y me tienen más babeada que una Miss por una torta de chocolate, me comí las doce uvas y no deseé nada, sino que quemé los deseos que escribí en un papel.... 

...Me harté de los fuegos artificiales hasta las 7:00 de la mañana. Gracias, vecinos, son unos cuchis. 

Y me di cuenta de que nunca he considerado un año como algo increíble, así que por lo pronto, veré qué hago para mejorar esa actitud. Creo que pasar fines de semana viendo películas, o yendo a la playa (en la medida de mis posibilidades) podría ayudar... Creo que ir más al cine, al teatro (irónico que no vaya casi al teatro), también podría ayudar. Tal vez haga un podcast, tal vez me lance con eso de la radio, capaz y me lanzo a la inútil tarea de echarle los perros a Johnny Depp, no sé.

Los únicos propósitos que tengo claros son: aprender a manejar (no, tengo 27 y no sé manejar porque me da pánico), ir a los diferentes doctores que tengo que ir y hacer un montón de papeleos de gente grande. Aburrido, lo sé, pero es que ya le pondré sazón a mis visitas al médico y mis diligencias, para poder postearlas aquí. 

De resto, no me voy a poner a prometer nada, porque en un país como éste, que exige por Twitter ciertas verdades, pero no amanece para votar (pero sí para aprovechar el GOS de Beco), en este Macondo en el que vivo, nunca se sabe si mañana te sale un rabo de cochino y te mueres por eso, o si te agarran en una esquina. En este país las promesas están como demasiado puteadas. A vivir día a día, a cambiarse el look, a sobre-vivir. 

Para mí, no queda de otra. A menos que venga un duende, una lechuza, algo, y me traiga una carta de la Universidad de Shiz (porque Hogwarts está bien demandada y soy realista), a mí lo que me queda es encontrar en la simpleza (sobre todo en Venezuela, simpleza... ¿De verdad?)  de mi realidad, la bonitura del asunto. 

Ah, y también vi Azul y no Tan Rosa, dos veces. Lloré como una pendeja. Gracias por eso, Miguel Ferrari.