miércoles, 6 de julio de 2011

Afortunados cobardes

Dentro de pocos días estreno una obra de teatro, valga la cuña. Si se dio el tiempo para leer la descripción de perfil que se encuentra al final de este humilde diario virtual, se habrá dado cuenta de que tengo el tupé de llamarme a mí misma "Actriz", eso sí, en construcción. 

Un artista nunca está completo, nunca está realizado. Y si llegó a ese punto en su vida, y siente paz, mis más sentidas condolencias. Le tengo lástima. Sé que a mí me falta muchísimo por aprender, de hecho, tengo que dedicarme a hacerlo. Y es que lo que pasa en este país, por lo menos en la mayoría de los casos, es que uno (yo) no se entera de lo que quiere hacer realmente con su vida sino hasta que sale de la Universidad, con titulito en porta título y medallita del color de la facultad a la que pertenece. 

Conozco a muchas personas que han practicado el ejercicio teatral por mero instinto, por hobbie, porque les parece "cool", o, simplemente porque quieren pertenecer. Pocos son los afortunados (tengo la dicha de incluirme en ellos) que se dan cuenta en el camino de que el aula sirve para mera culturización, cuando escogiste una carrera que no te encaja del todo. Esos, los afortunados, toman la difícil decisión de ser fiel a sí mismos (y vaya que se sabe lo jodida que es la fidelidad en los humanos). 

Están los que no pierden el tiempo, y apenas les pica el insecto fulano del arte, abandonan todo y se lanzan desde chamos a la dura aventura de hacerse camino en un trecho tan ignorado como es el teatro en este país. Se forman, reciben clases con los más renombrados (y sin embargo desconocidos por la mayoría) profesores y profesionales del medio, se vuelven una gente teatral, pues. Yo, desafortunadamente, todavía no estoy dentro de ese grupo. 

Y luego están los otros, los que esperan al título, a tener plata, a tener tiempo, a tener... Nunca se tienen los suficientes cojones como para asumir el peo como es, agarrar tus cuatro peroles, montártelos al hombro y decir "Sólo quiero hacer esto, nojoda.". Esos, los afortunados desafortunados, los afortunados cobardes, dedican su día a día a interactuar con una pantalla y un ratón, con un teclado que obedece pero no cuestiona. 

Esos, los cobardes enclosetados, hacen lo que quieren en su tiempo libre. O sea, hacen teatro. Yo soy de esos cobardes enclosetados. Porque tengo 25 años, 3 de graduada y como 2 y medio ejerciendo una carrera que no me llena del todo, pero que me da el dinero suficiente para evitar que me digan "Ya estás grande para eso." Pero sí lo siguen pensando. Desde el afecto, pero lo siguen pensando. Yo hago teatro en mi tiempo libre, ocupo mi vida en eso, en lo que realmente quiero hacer pero no termino de entregarme. 

Acaba de suceder una epifanía. Nunca me atrevo (y en el fondo muchos dirán "Verga, hasta ahora te das cuenta."). No me atrevo en las relaciones (si es que se pueden llamar como tal los desperfectos de fábrica que he tenido por compañeros de boca), no me atrevo en las amistades (ésas sí son de verdad), no me atrevo en escena... Terrible. Me estoy traicionando a mí misma. ¿De qué diantres sirve hacer algo frente al público, si no te entregas del todo? Qué cliché. 
¡Al carajo! Yo estreno una obra en menos de un mes. Una obra que me da, finalmente, el primer chance de demostrar que puedo tener algo para trabajar y empezar a convertirme en una persona coherente, teatralmente hablando. No me gusta la palabra talento. Creo más en el trabajo, en la disciplina. Y soy una tremenda hipócrita. Creo en el trabajo pero no me formo. 

No

Así no se puede. 

Yo tengo que ser congruente. Es hora de echarle bolas, es hora de formarse. Es hora de dejar el miedo, a ver, si alguna vez, termino de darle forma a mi vida, y darme forma a mí misma.

Yo me cansé de estar en el clóset de los cobardes que dicen no serlo. Yo quiero ser increíble. 

Yo quiero que cada aplauso valga la pena.



martes, 5 de julio de 2011

Keep it Simple

Me pregunto si algún día tendré algo interesante que decir. O bueno, si tendré una forma coherente de escribirlo. Trato, lo juro, de ser un poco coherente en la vida y escribir de una forma un poco más ilustrada, pero no, yo no tengo ese diccionario mental, nato en algunos, que hace que todas las palabras que digo suenen a época medieval, a licores de paladares finos y perfumes de comerciales de más de 10 minutos. 


No, no soy así. Sí, me encantan los perfumes, y sus comerciales (sobre todo los de Chanel). Sí, me encanta educar mi paladar (sobre todo con nuevas lenguas que me muestren su sabor), pero no soy de las que escribe tan rebuscadamente, haciendo que incluso una palabra sencilla como "sí", "te quiero", "te odio" o "beso", suene a código de Hammurabi. 


He descubierto, durante los últimos meses, que uno de mis talentos es hacer reír a la gente. Tal vez porque me burlo de mí misma (y de los demás) con una seriedad que lo que hace es generar estupor y risas nerviosas. O por la identificación que siente mi público (dos personas, últimamente) en aquella miseria irónica en la que me sumo, con la coraza más descarada de sentido del humor negro que conozco hasta ahora.


Ciertamente, soy bien criolla, "te" soy de las que dicen cosas con doble sentido todo el tiempo, de las que se ríen de cualquier mariquera cuando está de humor, y distribuye muy bien su cara de miembro inferior posterior cuando, simplemente, las hormonas la dominan y se la pasan todo el día jugando al ping-pong con ella. 


Soy de las que se dedica a tomar cerveza con sus amigos un viernes por la noche (o un miércoles, o un lunes) y fuma más cuando le da la gana, no sólo cuando bebe. Soy sencilla en mi forma de hablar, y tan cojonudamente complicada en mi manera de pensar y sentir. Odio, detesto, repudio la última frase que acabo de escribir. Me dan náuseas terribles ser así de cursi. 


No tengo un talento nato para la narrativa, la poesía o cualquier otra disciplina literaria. Pero sí tengo imaginación y que jode. Testigo sean mis almohadas que se han calado mis confesiones de amor imaginarias, mis abrazos a otros y ya sufren de exceso de sodio por el lagrimero que boto con frecuencia.  


Eso sí, al menos estoy clara en que puedo hablar con habilidad de la belleza que han escrito otros, porque, Drama Queen como "te" soy, tengo la capacidad de aprenderme textos milenarios en dos segundos, y decir, aunque sea como recital de Padre Nuestro, las palabras más bellas, coherentes y significativas que pudieran haber escritos aquellos que sí llegaron temprano a la repartición de poesía, retórica y, sobre todo, labia. 


Tal vez no tenga nada interesante que decir, tal vez no soy el colmo de la belleza y estética literaria (sabe lo que sea que gobierna el mundo que tampoco soy el colmo de la belleza visual), pero al menos no soy tan pretenciosa como muchos, al menos en el ámbito literario. Lo digo sencillo, pero con igual profundidad. Lo mantengo, al menos en palabras, simple y directo. Todo lo que no digo es porque no me atrevo. 


A mi lengua le faltan demasiadas cosas por aprender, es inexperta, tímida e inmadura todavía. A mis manos también. 


Tal vez, algún día, tenga algo interesante para decir. Por ahora, sólo me conformo con haber hecho, creo que por primera vez, un escrito que no se regodea en la propia mierda en la que siempre me ahogo, que, por ahora, sólo pretende convertir en hábito esto de escribir. A ver si algún día, alguien me dice: "Lo estás haciendo bien." Porque sí, toda Drama Queen que se respete, necesita de, al menos, un aplauso. 

martes, 31 de mayo de 2011

Mundo GB

Mucho. Mucho tiempo. Demasiado tiempo. 

Descubrí que cada vez que tengo un encuentro fortuito con alguien que tiene más cojones que yo para escribir, me antojo nuevamente de hacerlo. 
He pasado casi un año sin escribir, y es, básicamente, porque a mí se me quebró la vida desde hace más de ese tiempo. 

No pretendo, lo juro, sonar a protagonista de novela de Delia Fiallo. Pero sí, en efecto, se me rompió la vida desde hace más de 365 días, y me volví a encerrar, como hace mucho tiempo no lo hacía, en una burbuja a la que, ahora lo decidí, nadie tiene acceso. Nadie. Porque ni yo misma me acuerdo de cómo se hace para abrir la puerta o dónde está la fulana aguja que me permita explotarla. Me cansé de tejer, dejé hilos, agujas, alfileres, tambor de bordado, madejas, todo... todo está afuera.

Me estoy convirtiendo en un lugar común andante. Terrible. Mis días se han reducido a parpadeos largos que empiezan y terminan en un lugar de trabajo que no amo. Noches eternas y monótonas acompañadas por mi eterna "roomate", la soledad. Eterna y fiel. Acosadora de todos y cada uno de mis días. 

A esto, le sumamos la falta absoluta de interés por la intensidad que antes tanto me fascinaba. Al menos en apariencias, sufro de un asco terrible por tener esta proximidad a lo culto y letrado. Me estoy convirtiendo, poco a poco, en un estereotipo. Lo único que no me he permitido es andar de tacones a altas horas de la mañana, con litros, kilos y kilómetros de maquillaje, y el respectivo cinturón ochentoso en la cintura, acompañado de los jeans que dejarían ver hasta mis partes más nobles. Eso no. Sigo abogando por el estético interés por la comodidad. 

Se me quebró la vida y dejé de ser. De estar. Me fui de mí como tantas personas se han despedido del país sin mirar atrás. Todos, o casi todos, mis nexos afectivos se resumen en mensajes de texto, pines, mensajes directos, tweets, chats... me quedé sin contactos físicos genuinos, sin noches de vino, sin llamadas de madrugada para decir "tengo miedo"... me quedé con la única forma de comunicación que antes amaba, y que ahora tanto repudio. Me hace falta humanidad.

La mayoría de mis interacciones se destinan a la pantalla de una máquina de trabajo que decide actuar por voluntad propia, mis caricias se desperdician en el trackball de mi celular y uno que otro teclado, mis suspiros chocan contra mi propia almohada y sólo escucho los susurros de la música que sale por los audífonos de mi Ipod... Me hace falta humanidad. Me estoy llenando de fibra óptica y cobre. 

Recurro nuevamente a esta infantil manía de desahogarme por medio de un diario -virtual- que probablemente nadie lea. Estoy estancada, como este escrito, como mi creatividad, como mis ideas. Me estoy convirtiendo en una extensión de un montón de aparatos. Me refugio en los bits, en los KB, en los GB, y  pare usted de contar cuántas siglas más para llevar este día a día lleno de distancias que sólo se acortan con estas abreviaturas. 

Me falta humanidad. Me falta realidad. Me falta una aguja para poder explotar.

jueves, 1 de julio de 2010

Ocho cenizas

Tengo una nueva manía (como si no me sobraran). No escribo tan bien como tú, no siento tan bien como tú, no soy libre tanto como tú. Eres libre. En un aspecto lo eres. No me lo refutes porque en ese aspecto lo eres. Sabes bien a lo que me refiero...


Tengo la nueva manía de fumar y pensar: pienso en  mi vida, en mis soledades. En las nuestras. Fumo y pienso. Sola, como siempre. Cada bocanada se convierte en un nuevo pensamiento. Las cenizas, poco a poco, me rodean mientras estoy sentada en el lobby de un edificio que no es empresarial, que no es oficina, que no es trabajo de gente grande.


Tú eres gente grande. Eres de esas personas que lo logran, a pesar de que no haya libertades. Una bocanada más y otro golpecito maniático al cigarrillo. Una ceniza más. Una, dos, tres, ocho cenizas... Ocho cenizas me rodean, me ensucian el pantalón mientras sigo pensando.


Las noches son más difíciles porque no puedo fumar...


Mientras lo hago, es decir, mientras me hago consciente de mi manía, de mi más que internalizado comportamiento autodestructivo (como si no me sobraran), pienso en que no quiero que se termine. Porque ya me ha pasado. Siempre se terminan los cigarrillos y eventualmente debo encender uno más.


Lo nuestro (suena a relación perfecta, como la que pasa en los sueños, las que son perfectas tácitamente) es un tubito de nicotina que nunca se termina. Es una adicción y una necesidad de conseguirse, uno al frente del otro, fumando, pensando, sin decir. ¿Qué mejor forma de evadir, sino fumando?


Son ocho las cenizas que me rodean. Las acabo de contar. Una en la rodilla, otra en el pie (ese que tengo lesionado), en los brazos -esas son dos cenizas que se alargan y viajan a través de las distancias-, la quinta cae sobre una alfombra color ceniza. Dos más, en los ojos, ya grises porque hay demasiado humo (humo de la verdad, del que revela, como cuando hay un hechizo mágico de alguna bruja buena o mala) y la que siempre está por caer. Esa que no sabes en donde va a parar pero igual la tienes en el cuerpo.


Estamos llenas de cenizas, como el Fénix, como un cliché.


Pero no somos colillas pisoteadas.


Tengo una nueva manía: fumar y pensar en el futuro (vaya, que es una manía autodestructiva). Fumo, me acuesto en una baldosa fría, sin alfombras, y pienso en el vacío. Fumo, finalmente, para ver si el humo me dice algo. Bienvenido el vicio. Tengo 8 años fumando y tú siempre has estado a mi lado.


No soy escritora. Soy... soy una extremidad inflamada, eso sí lo tengo claro, ahora, después de mucho.


Sabes que no me gusta este escrito, per me voy a dar el tupé de regalarte mis letras imperfectas. Como yo. Somos espejo, somos, sin espacio: como la boca cuando busca la colilla e inhala. Sin espacio. Sin muchos malentendidos y muchos sobreentendidos.


Somos 8 cenizas en el tiempo.

miércoles, 7 de abril de 2010

Primer paso

Confieso que estoy mejor.
Pero tengo miedo
Confieso que estoy creando un personaje cotidiano.
Y también un par de personajes dominicales
Confieso que me gusta sentir el frío en mi piel.
Preferiblemente sentirlo desnuda
Confieso que la rutina me ahoga.
Y el humo del cigarrillo me libera
Confieso que soy un cliché.
En busca de originalidades que me destaquen y me convenzan
Confieso que evado tu mirada y tus letras.
Pero nunca mis manías anónimas
Confieso mis verdades.
Nunca aceptaré uno de esos retos
Confieso que he pecado.
Pero no mucho, no lo suficiente
Confieso que te espero.
Y sigo tejiendo recuerdos por venir
Confieso que las sábanas me quedan grandes.
Y el otro lado de la cama también.

Confieso, siempre sobre una alfombra...

jueves, 25 de febrero de 2010

Confessions on a Dance Floor

Vale, por hoy intentaré no ser demasiado intensa, y escribir jocosamente sobre algo. Es que lo amerita. 

Hace algún tiempo ya que estoy trabajando como "editora" (las comillas vienen porque básicamente de eso no creo que tenga demasiado) de videos. Específicamente de aquello que sobra en Venezuela, no importa cuántos racionamientos eléctricos y de agua existan: Eventos sociales. 

Lo que pasa con Venezuela es curioso: Estamos casi literalmente en la mierda, nos morimos de angustia diariamente por múltiples razones (inseguridad, falta de agua, luz, enfrentamientos entre colores) y sin embargo nunca ha flaqueado el culto a la belleza y al status social. Lo puedo demostrar con sólo un par de eventos que ya he editado. 

No sólo se trata de un evento social, no es una simple fiesta. Cumplir 15 años o casarse se ha convertido, en mi país, en una demostración de que a pesar de que estamos revolcándonos en miserias absolutas, podemos seguir teniendo poder. ¿Cómo se demuestra eso? Al parecer por la cantidad de lentejuelas y canutillos que tenga un traje de gala, la amplitud de la falda o la longitud de la cola de un vestido blanco que representa la "pureza" de una mujer caminando hacia el altar. 

Cual obra de teatro (siempre citado en mi vida, por supuesto), al vestuario y maquillaje (excesivo por demás, tanto, que bien se podrían detectar las huellas dactilares de quien se atreva a tocar los "angelicales" rostros de las protagonistas del evento) le acompañan la locación o escenografía. Donde celebres tu evento dice quién eres, mientras más gente, más status. Bastante High School este razonamiento. 

Pero no, no es esto lo que realmente me perturba. Como todo aquello que nos pasa en la vida, algo tiene que dejarme de enseñanza y autoconocimiento trabajar donde ahora lo hago (frase Hallmark del día, que, por demás está decir, sólo será escrita con fines irónicos). Y sí, me he descubierto un poco más. No me perturba la plasticidad, ni la superficialidad, ni siquiera las cantidades de dinero absurdas que se pueden gastar en una noche, sólo una, de diversión. No, no es esto lo que me acongoja. 


He descubierto que me perturba terriblemente que una persona no sepa bailar. 


Seriamente, honestamente hablando, no lo controlo. No puedo evitar reírme si una persona no baila bien. Lo siento, ésta es una de las cosas que sí tengo a mi favor, y la defiendo y hago notar en cuanta oportunidad tengo. Gracias, padre mío (no, no Dios, ahorita sólo nos comunicamos eventualmente, el de verdad, el que me puso el sexo) por tu herencia y tu ADN, ésta sí te la agradezco. 

Entiendo que no a todo el mundo se le dé bien el tema de contonear sus caderas a diestra y siniestra, y mucho más, entiendo que no sepan hacerlo con los pies siguiendo tales movimientos. De verdad, lo entiendo. Pero, entonces, ¿por qué someterse al escarnio público de bailar sin saber hacerlo? No me cabe en la cabeza, lo juro. Así como hay seres que no saben cómo hacen daño, yo no entiendo cómo se puede "bailar" sin llevar ese sabor que se necesita. 

En este estudio al mejor estilo Discovery Channel -porque, básicamente, lo que hago es observar a especies en rituales de cortejo y posterior apareamiento- me he dado cuenta de varias cosas: 

1.- Odio el vals. No importa cuál sea, lo detesto. Cursi, pegostoso, aburrido. 

2.- La gente no sabe bailar vals. No, no se trata de unir un pie con otro, ni mucho menos de mover el brazo de la pareja como si se estuviera meneando un brebaje en un caldero negro. NO. El vals se baila con pasos triples, y esto lo dominan sólo generaciones superiores a la mía. Son raros los casos de congéneres o posteriores que sepan hacerlo.

3.- El merengue tiene su ciclo evolutivo, que va acompañado por la edad y oído del bailarín en cuestión: De pequeño lo bailas como bailas todo, levantando los pies del piso y moviendo del torso hacia arriba de un lado a otro. Llega la adolescencia y se convierte en una de las posiciones del Kamasutra vertical Con Ropa, lo más pegado posible a tu pareja y empierna'ito, pues, para que no quede duda de que en verdad necesitas drenar lo que se te acumula en el cuerpo. Avanzas en la vida, llegas a una edad como la mía, y comienzas a notar que ya no lo bailas tan cerca, miras a tu alrededor y notas la similitud entre tu forma de bailar y el método de tus herman@s, prim@s mayores, esos de los que tanto te burlabas cuando cumplías 15 años y decías "yo nunca voy a bailar así". Te haces madre, entonces vuelves a bailar como lo hacen tus hijos, y cuando no bailas con ellos, entonces empiezas a bailar como tu madre. Es en ese momento cuando tu sex appeal muere para quien no sea tu compañero de camino, que también ha pasado por lo mismo, y también acaba de matar su sex appeal. Te haces abuela, ya el merengue no tiene vida en tu vida. Bailas con palmaditas sentada desde la comodidad de una silla, estratégicamente colocada cerca de la pista, para no perder oportunidad de decir: "Ay, estos muchachos de ahora". 

4.- La música electrónica (que quepa aquí también la changa, porque de verdad me da fastidio ponerme a hacer distinciones) no tiene sentido. Aturde. Se baila igual siempre: Parad@, moviendo la cabeza, y si eres mujer, meneando esa melena como Pavorreal en celo para ver quien te nota. El asunto del meneo de la melena se repite consecuentemente en la mujer venezolana. 

5.- Llega el momento del Reggeaton. No sé si creer en Dios de ahora en adelante, de verdad, no lo sé. Si Dios es bueno, bondadoso, si Dios es el camino, ¿por qué demonios permitió la creación del Reggeaton en esta tierra? Lo disfruto de a ratos, no lo niego. De verdad, joder (echar broma pues, no vaya y sea que algún español me esté leyendo...NOT!) en una fiesta con este género, es divertido. Sin embargo, no creo que TODA una fiesta deba estar llena de puro Reggeaton. Esto me lleva al siguiente punto. Se me despierta la siguiente pregunta a partir de mi observación antropológica: ¿Por qué DEMONIOS las niñas de ahora bailan todo como si fuese Reggeaton? Alguien que me explique por qué menearse como una streapper -ya sea bailando merengue, salsa, tambores, creo que hasta TANGO- puede significar que SABES bailar. No, niñas púberas del mundo, no es así. Denigrarse a ser una pieza sexual (momento feminista) sólo asegura un par de horas en un baño público, más nada. Este género musical se ha convertido en el soundtrack de un programa de rituales de apareamiento contemporáneos. Yo lo bailo, no lo niego. Pero ver cómo lo hacen ahora me revela sólo dos verdades (tal vez absolutas): 1.- Ver a alguien bailando reggeaton es como ver un video casero de sexo. 2.- La brecha generacional ya existe, estoy vieja. 

5.-La salsa. Vuelvo a creer un poco en Dios. El género musical que más disfruto en la vida. Mi vida, se llama salsa, eso es puro sabor. Te lo bailo, y te lo bailo rico y bien. Gracias a la gente que baila mal salsa, yo reluzco. Es así. No, aquí no voy a criticar demasiado, porque los errores de otros me favorecen (Después me pregunto por qué siempre me ponen de mala en una obra de teatro...) No es un género hecho para todo el mundo, y YO si soy una de las Neo de esa Matrix que ha sido bendecida con tal don. Punto. Esto me lleva a la otra conclusión importante que he sacado de todo esto. El color de la piel te da la sazón, el sabor, la salsa, papá. Como dijera hace ya mucho tiempo a una amiga: El agua de mar sazona, y este color de piel canela es sabor, mi vida! Aquí sí me paso de pedante, al menos en algo debo hacerlo. 

6.- La hora loca. Símbolo venezolano de despilfarro y excentricidades varias.La gente se oculta tras antifaces, diademas con adornos, lentes gigantes, pelucas, plumas, etc. Y se dispone a bailar lo que le vayan poniendo. No es algo común en el mundo. Las fiestas venezolanas son únicas porque tienen HORA LOCA. Lo loco, realmente, es que ya todo el mundo está tan cansado y ebrio que los pies no le dan a más. Y de nuevo se hace más grande la brecha generacional: ¿Algo traumático? Que los niños de ahora no se sepan las canciones de Hombres G, los Guoperó, o cualquiera de otras cosas que para mí son de lo más normal. El día que pongan Salserín y Servando y Florentino en una Hora Loca, sabré que estoy genuinamente vieja, ellos son los Menudo de mi generación.  He aquí la oportunidad para que la gente se menee como quiera, no será mal visto, a MENOS que sea yo quien los vea. Me siento Simon Cowell, pero es que ya una vez descubierta esta patología que acongoja mi ser (es decir, que me afecte tanto que alguien baile mal), no pretendo ocultarlo. SIGUEN BAILANDO TODO COMO SI FUERA REGGEATON. ¿Por qué, Dios mío, por qué? 

7.- Los tambores. Ay, mi vida. Los tambores. ¿Cómo te explico? Cuando yo era una adolescente, la única forma de hacerme notar era por medio de los tambores. Sí, ésta es otra de las cosas que tengo a mi favor. Mi mezcla de sangres es perfecta: Gocho (andino) con oriental. Mi papá es caraqueño pero con familia de Barlovento, viene de Sarría, un barrio conocido de Caracas, y por lo tanto tiene esa cadera más suelta que si la tuviese dislocada, y mi madre es la andina, por eso es que tengo la lengua y el carácter que tengo. En todo caso. Esto te lo bailo rico también. Mi plus, mi auto-espaldarazo: el día de los 15 años de mi prima la bailarina (que te baila increíble), SU PROFESOR de danza, un negro sabrosón que baila divino, me sacó a bailar a MÍ, me sacó a bailar  TAMBORES a MÍ. Cojan todas las sílfides sin sal del mundo, tener caderas y piernas tiene su encanto. Una vez superado este momento de pedantería, vuelvo a la crítica. No, no es fácil bailar tambor, de verdad no lo es. Pero, ¿Por qué carrizo piensan que consiste en moverse como si fuesen unas gallinas, aleteando los brazos? NO, por DIOS, no es así. Se trata de mover las caderas y los pies. Otro descubrimiento: Hombre que no sabe bailar tambor NO existe para mí, y si no lo intenta aprender, no lleva las de ganar. Segundo descubrimiento: Todavía no conozco a quien supere a mi primo bailando tambor. Tercer descubrimiento: Cuando un hombre cree que baila, pero no lo hace, se ve tan loca de peluquería! Cuarto descubrimiento: La piel canela se llama así porque tiene sabor. 

Curioso, 7 descubrimientos. Son como los 7 pecados capitales del santísimo sacramento del baile. 

A pesar de todo, no cambio mis fiestas venezolanas. No son más que el reflejo de lo que es el espíritu del venezolano (me pegó por el patriotismo). ¿Lo peor? Tengo un matrimonio en junio, y voy a cometer estos 7 pecados capitales, pero con estilo. Voy a bailar reggeaton, voy a menear la melena, me voy a morder los labios y me voy a ver como una bicha bailando. ¿Y qué? 

lunes, 15 de febrero de 2010

8881 días




No tengo demasiado claro por qué sucede, pero todavía no me afecta el hecho de trasladar 24 años, 4 meses, 1 día, 1 hora y 51 minutos en 21 cajas, al otro lado de la ciudad. Supongo, tal vez, que mi mente juega a protegerme y evitar recuerdos que, tal vez son valiosos.



Supongo, igualmente, que no tengo demasiados recuerdos, o que esa convulsión a los 10 años se llevó la mitad de ellos, al menos 12 años, 1 día, 1 hora y 51 minutos se borraron durante ese evento particular.



También supongo, con bases en ello, que no me duele dejar el lugar que, a partir de mis 18 años, se convirtió en el sitio para llegar a dormir. Mi cama, más que confidente de amoríos y caricias, no ha sido otra cosa más que la eterna testigo de las soledades que, después de 4 pares de labios, me han acompañado por varios años. No hay sábanas revueltas, más que por mí misma. No hay pecados deliciosos ni caricias impropias, no en mi cama, al menos. Sí en los muebles del recibidor y en otras camas, pero no en la mía. Tal vez, sólo por eso, no me duela dejarla.


No dejo amigos ni vecinos memorables. No dejo marcas en la pared que reflejen el crecimiento de mis 1,60 y pico metros de alto, si es que es eso realmente lo que mido. Dejo noches en vela, con dirección fotográfica inspirada en el titilar de las luces de un televisor que nunca se cansó de ser mi fiel compañero. A él me lo llevo conmigo. Me llevo mis libros, mis nexos (escasos) con la infancia, mis almohadas que tantas veces se convirtieron en el cuerpo deseado, que sintieron mis abrazos, mi necesidad de olfatear un cuello, de acariciar algún cabello y de morder los dedos del victimario de turno.


Me llevo 24 años, 4 meses, 1 día, 2 horas (ahora) y 0 (cero) minutos en 21 cajas al otro lado de la ciudad, y me doy cuenta de que mi espacio, el que ahora tendré, llevará lo mismo, duplicado. Me llevo mis soledades, mis libros y mis películas. Me llevo mis recuerdos, que no se limitan a una cama individual dispuesta justo frente a la ventana y la puerta. Me llevo mis ideas, que ahora tendrán un espacio propio. Me llevo mis manos, ansiosas por tanto. Me llevo a mi misma, con 21 cajas llenas de 8881 días a una nueva ventana que da vista a una montaña, esa que siempre me acompaña y que sólo ahora noto de forma diferente.


Cada sonido de la cinta adhesiva desprendiéndose y adhiriéndose resuena en mi cabeza, y con ese vaivén de sonidos se hace presente un recuerdo, un rostro, un par de labios que se va conmigo, en mi cuerpo, en mi mente.


No espero una nueva vida. Sólo ansío que la soledad, eterna compañera de cuarto (paradójicamente), sufra un ataque de pánico y decida alejarse de mi nuevo lecho.


Sólo ansío no ser demasiado pequeña para las sábanas nuevas.


--No es el final que quisiera darle a este escrito. Últimamente, no soy demasiado adicta a los finales-