Porque hay demasiadas complicaciones, demasiados vicios, demasiado sobrepeso, mucho tráfico y muchos peatones. Pocos vagones para tanto usuario del Metro. Muchas curvas para simples y básicas manos. Vamos a jugar a ser sencillos.
miércoles, 13 de julio de 2011
Con la respectiva separación silábica
Seguimos en este día a día digno de un tratamiento permanente de litio. Ayer abandoné mi lugar de trabajo con el Himno Nacional, y luego, al llegar a casa, continué las labores hasta que, nuevamente, el Himno Nacional volvió a sonar en los diferentes medios de comunicación.
Para quien no sea venezolano, debe saber (si es que alguien que no sea de Venezuela me está leyendo), que el himno de nuestra patria suena, por orden gubernamental, cada seis horas en los medios audiovisuales. Horario: 12 y 6 am y pm. Ahora que lo pienso, creo que es sólo A.M. En todo caso, saque usted bien la cuenta, abandoné mi oficina en una hora demente, y continué con mis labores, no conforme con el cansancio.
Estoy fajada. Realmente fajada con este tema de la edición. Tengo dos trabajos. Uno de tarde y otro que hago cuando las pestañas no tienen exceso de magnetismo y deciden unirse sin remedio. Evidentemente, cuando llegué al final del día era una víctima testimonial de un Dementor. Me chuparon el alma. No hubo Expecto Patronum que me salvara. No valía medio.
En verdad no fue tan terrible quedarme sola en la oficina hasta que llegara la media noche. Trabajo mejor a solas. Me llevo muy bien con la gente, al menos eso creo (no con la de mi trabajo, en su mayoría, pero sí con la gente en general), pero me resulta mucho más sabroso trabajar sin el tiqui-tiqui de una mujer menopáusica, histérica y con la carta de jubilación en la frente, preguntándome cuánto se tarda la máquina en "rendear" o exportar lo que estoy editando.
En vista de que mi nueva filosofía es, como lo dice el título de este diario virtual, bajarle dos a la vida, he decidido mandar todo lo que me moleste al carajo. Con su respectiva separación silábica:
AL-CA-RA-JO
Descubrí, hace poco, hablando y gritando por mensajes de texto (me revienta esto de los "encuentros virtuales") que esta técnica de la separación silábica es la gloria. De verdad, al separar en sílabas, el énfasis de la intención con que se dicen las cosas toma una dimensión indescriptible y por demás liberadora. Si se hace con la técnica de los aplausos,enseñada en primaria, mucho mejor. El toque burlón es un plus con las palmas.
Expresiones comunes, de ahora en adelante, aplicables a esta nueva técnica de llevar la vida como un sartén de teflón:
QUE-SE-JO-DAN
QUE-LA-DI-LLA (Sí, la LL va así, porque es una separación fonética, no ortográfica)
A-LA-MIER-DA
Y para ser un poco más refinada....
NO-MEIM-POR-TA (Sí, se escribe así, así se separa, porque los venezolanos nos la pasamos con hambre de letras, y nos comemos los espacios, personales y gramáticos).
Nótese que deben ser pocas sílabas. Esto simplifica explicaciones y aumenta la contundencia del asunto.
Entonces, en resumidas cuentas, simplemente se trata de ir untada de aceite por la vida, que todo resbale y nada se pegue. Al que no le guste, que se ajuste. De lo contrario, juro que pararé en (más) loca. Ya es suficiente con creerme la nueva Black Swan y estarme metiendo en un personaje que, de verdad, me está dejando heridas y dolores físicos. Pero los disfruto.
VAL-GA LA CU-ÑA
martes, 12 de julio de 2011
No es de la buena
Digamos que no he tenido tiempo ni para sentarme a pestañear. Supongamos eso. Porque soy fiel creyente de que el tiempo se lo hace uno solito (y no me voy a poner con la pajúa distinción de género, porque eso me parece en exceso feminista).
Pues sí, digamos que no he tenido tiempo de nada en los últimos días. Sin embargo, me obligo a escribir porque, hace dos post que me sentí un poco mejor conmigo misma al tener la "reiniciativa"de volver a dedicarme a un blog. Nada. El fin de semana pasado fue una real y contundente mierda. No de la buena, aunque sí tuvo que ver con asuntos teatrales.
Cuando se habla en términos teatrales, mierda significa suerte, decir suerte es una mierda. Así de alterados estamos los que hacemos teatro. Pero estos deseos de "Mucha mierda", tienen contenidos históricos interesantes e ilustrados que no pretendo poner por aquí, porque estoy jugando a ser sencilla.
Decía entonces que tuve un fin de semana de mierda. El jueves sí estuvo bien, en parte. Porque pude disfrutar de un espectáculo, corto pero contundente, de algo que disfruta cada fibra de mi cuerpo. Cada surco de huella dactilar de mi ser tiembla cuando se enfrenta al teatro musical. Pues bien, eso estuvo bomba, maravilloso, en parte, pero por otro lado me dije a mi misma: "Mi misma, ¿por qué carajos no te diste el chance de hacer el taller de teatro musical? ¿Por qué no hiciste el tiempo?".
Terrible. He sido infiel a mi persona, uff, montones de veces, pero esto ya se está convirtiendo en el colmo. Estoy como dopada con la mejor de las anestesias (no digo morfina, porque, básicamente, tendría un dopaje feliz, y ya quedó claro que mi fin de semana fue una mierda).
A esto se le suman los dos ensayos más nefastos que he tenido en mucho tiempo, plus: Comentarios pedantes, acotaciones irrelevantes, interrupciones inapropiadas y censuras en casa propia... Un fin de semana de mierda.
A la hora de la verdad, lo que me pasa es que estoy cansada. Estoy harta de estar sumergida en una gelatina densa que no me deja moverme a ninguna parte, al mejor estilo de cualquier capítulo en la vida de Goofy. Estoy estancada. Espero, sigo esperando que algo cambie. El mayor cambio, hasta ahora, está por venir, pero, ¡joder! ¡cómo se tarda!
Sigo adelante, en serio, lo hago. Y trato de encontrarle la comicidad al día a día. Pero a veces resulta titánico.
- Tal vez porque tengo 25 años siendo bastante negativa.
- Tal vez porque soy demasiado sensible a los errores ortográficos y la falta de conocimiento.
- Tal vez porque me altera soberanamente que alguien confunda "Horrocrux" con "Coat", y lo traduzca mal -aclárese que no ando por la vida vistiéndome de Hermione, Ron o Harry, pero sí creo en la magia-.
Tal vez sea porque, en definitiva, no entiendo cómo es posible que alguien que me dobla la edad sea tan increíblemente incapaz, inútil e incompetente, y gane (como si doblarme la edad implicara más conocimiento), el doble o el triple que yo.
Estoy intolerante. No me soporto.
miércoles, 6 de julio de 2011
Afortunados cobardes
Dentro de pocos días estreno una obra de teatro, valga la cuña. Si se dio el tiempo para leer la descripción de perfil que se encuentra al final de este humilde diario virtual, se habrá dado cuenta de que tengo el tupé de llamarme a mí misma "Actriz", eso sí, en construcción.
Un artista nunca está completo, nunca está realizado. Y si llegó a ese punto en su vida, y siente paz, mis más sentidas condolencias. Le tengo lástima. Sé que a mí me falta muchísimo por aprender, de hecho, tengo que dedicarme a hacerlo. Y es que lo que pasa en este país, por lo menos en la mayoría de los casos, es que uno (yo) no se entera de lo que quiere hacer realmente con su vida sino hasta que sale de la Universidad, con titulito en porta título y medallita del color de la facultad a la que pertenece.
Conozco a muchas personas que han practicado el ejercicio teatral por mero instinto, por hobbie, porque les parece "cool", o, simplemente porque quieren pertenecer. Pocos son los afortunados (tengo la dicha de incluirme en ellos) que se dan cuenta en el camino de que el aula sirve para mera culturización, cuando escogiste una carrera que no te encaja del todo. Esos, los afortunados, toman la difícil decisión de ser fiel a sí mismos (y vaya que se sabe lo jodida que es la fidelidad en los humanos).
Están los que no pierden el tiempo, y apenas les pica el insecto fulano del arte, abandonan todo y se lanzan desde chamos a la dura aventura de hacerse camino en un trecho tan ignorado como es el teatro en este país. Se forman, reciben clases con los más renombrados (y sin embargo desconocidos por la mayoría) profesores y profesionales del medio, se vuelven una gente teatral, pues. Yo, desafortunadamente, todavía no estoy dentro de ese grupo.
Y luego están los otros, los que esperan al título, a tener plata, a tener tiempo, a tener... Nunca se tienen los suficientes cojones como para asumir el peo como es, agarrar tus cuatro peroles, montártelos al hombro y decir "Sólo quiero hacer esto, nojoda.". Esos, los afortunados desafortunados, los afortunados cobardes, dedican su día a día a interactuar con una pantalla y un ratón, con un teclado que obedece pero no cuestiona.
Esos, los cobardes enclosetados, hacen lo que quieren en su tiempo libre. O sea, hacen teatro. Yo soy de esos cobardes enclosetados. Porque tengo 25 años, 3 de graduada y como 2 y medio ejerciendo una carrera que no me llena del todo, pero que me da el dinero suficiente para evitar que me digan "Ya estás grande para eso." Pero sí lo siguen pensando. Desde el afecto, pero lo siguen pensando. Yo hago teatro en mi tiempo libre, ocupo mi vida en eso, en lo que realmente quiero hacer pero no termino de entregarme.
Acaba de suceder una epifanía. Nunca me atrevo (y en el fondo muchos dirán "Verga, hasta ahora te das cuenta."). No me atrevo en las relaciones (si es que se pueden llamar como tal los desperfectos de fábrica que he tenido por compañeros de boca), no me atrevo en las amistades (ésas sí son de verdad), no me atrevo en escena... Terrible. Me estoy traicionando a mí misma. ¿De qué diantres sirve hacer algo frente al público, si no te entregas del todo? Qué cliché.
¡Al carajo! Yo estreno una obra en menos de un mes. Una obra que me da, finalmente, el primer chance de demostrar que puedo tener algo para trabajar y empezar a convertirme en una persona coherente, teatralmente hablando. No me gusta la palabra talento. Creo más en el trabajo, en la disciplina. Y soy una tremenda hipócrita. Creo en el trabajo pero no me formo.
No.
Así no se puede.
Yo tengo que ser congruente. Es hora de echarle bolas, es hora de formarse. Es hora de dejar el miedo, a ver, si alguna vez, termino de darle forma a mi vida, y darme forma a mí misma.
Yo me cansé de estar en el clóset de los cobardes que dicen no serlo. Yo quiero ser increíble.
Yo quiero que cada aplauso valga la pena.
martes, 5 de julio de 2011
Keep it Simple
Me pregunto si algún día tendré algo interesante que decir. O bueno, si tendré una forma coherente de escribirlo. Trato, lo juro, de ser un poco coherente en la vida y escribir de una forma un poco más ilustrada, pero no, yo no tengo ese diccionario mental, nato en algunos, que hace que todas las palabras que digo suenen a época medieval, a licores de paladares finos y perfumes de comerciales de más de 10 minutos.
No, no soy así. Sí, me encantan los perfumes, y sus comerciales (sobre todo los de Chanel). Sí, me encanta educar mi paladar (sobre todo con nuevas lenguas que me muestren su sabor), pero no soy de las que escribe tan rebuscadamente, haciendo que incluso una palabra sencilla como "sí", "te quiero", "te odio" o "beso", suene a código de Hammurabi.
He descubierto, durante los últimos meses, que uno de mis talentos es hacer reír a la gente. Tal vez porque me burlo de mí misma (y de los demás) con una seriedad que lo que hace es generar estupor y risas nerviosas. O por la identificación que siente mi público (dos personas, últimamente) en aquella miseria irónica en la que me sumo, con la coraza más descarada de sentido del humor negro que conozco hasta ahora.
Ciertamente, soy bien criolla, "te" soy de las que dicen cosas con doble sentido todo el tiempo, de las que se ríen de cualquier mariquera cuando está de humor, y distribuye muy bien su cara de miembro inferior posterior cuando, simplemente, las hormonas la dominan y se la pasan todo el día jugando al ping-pong con ella.
Soy de las que se dedica a tomar cerveza con sus amigos un viernes por la noche (o un miércoles, o un lunes) y fuma más cuando le da la gana, no sólo cuando bebe. Soy sencilla en mi forma de hablar, y tan cojonudamente complicada en mi manera de pensar y sentir. Odio, detesto, repudio la última frase que acabo de escribir. Me dan náuseas terribles ser así de cursi.
No tengo un talento nato para la narrativa, la poesía o cualquier otra disciplina literaria. Pero sí tengo imaginación y que jode. Testigo sean mis almohadas que se han calado mis confesiones de amor imaginarias, mis abrazos a otros y ya sufren de exceso de sodio por el lagrimero que boto con frecuencia.
Eso sí, al menos estoy clara en que puedo hablar con habilidad de la belleza que han escrito otros, porque, Drama Queen como "te" soy, tengo la capacidad de aprenderme textos milenarios en dos segundos, y decir, aunque sea como recital de Padre Nuestro, las palabras más bellas, coherentes y significativas que pudieran haber escritos aquellos que sí llegaron temprano a la repartición de poesía, retórica y, sobre todo, labia.
Tal vez no tenga nada interesante que decir, tal vez no soy el colmo de la belleza y estética literaria (sabe lo que sea que gobierna el mundo que tampoco soy el colmo de la belleza visual), pero al menos no soy tan pretenciosa como muchos, al menos en el ámbito literario. Lo digo sencillo, pero con igual profundidad. Lo mantengo, al menos en palabras, simple y directo. Todo lo que no digo es porque no me atrevo.
A mi lengua le faltan demasiadas cosas por aprender, es inexperta, tímida e inmadura todavía. A mis manos también.
Tal vez, algún día, tenga algo interesante para decir. Por ahora, sólo me conformo con haber hecho, creo que por primera vez, un escrito que no se regodea en la propia mierda en la que siempre me ahogo, que, por ahora, sólo pretende convertir en hábito esto de escribir. A ver si algún día, alguien me dice: "Lo estás haciendo bien." Porque sí, toda Drama Queen que se respete, necesita de, al menos, un aplauso.
No, no soy así. Sí, me encantan los perfumes, y sus comerciales (sobre todo los de Chanel). Sí, me encanta educar mi paladar (sobre todo con nuevas lenguas que me muestren su sabor), pero no soy de las que escribe tan rebuscadamente, haciendo que incluso una palabra sencilla como "sí", "te quiero", "te odio" o "beso", suene a código de Hammurabi.
He descubierto, durante los últimos meses, que uno de mis talentos es hacer reír a la gente. Tal vez porque me burlo de mí misma (y de los demás) con una seriedad que lo que hace es generar estupor y risas nerviosas. O por la identificación que siente mi público (dos personas, últimamente) en aquella miseria irónica en la que me sumo, con la coraza más descarada de sentido del humor negro que conozco hasta ahora.
Ciertamente, soy bien criolla, "te" soy de las que dicen cosas con doble sentido todo el tiempo, de las que se ríen de cualquier mariquera cuando está de humor, y distribuye muy bien su cara de miembro inferior posterior cuando, simplemente, las hormonas la dominan y se la pasan todo el día jugando al ping-pong con ella.
Soy de las que se dedica a tomar cerveza con sus amigos un viernes por la noche (o un miércoles, o un lunes) y fuma más cuando le da la gana, no sólo cuando bebe. Soy sencilla en mi forma de hablar, y tan cojonudamente complicada en mi manera de pensar y sentir. Odio, detesto, repudio la última frase que acabo de escribir. Me dan náuseas terribles ser así de cursi.
No tengo un talento nato para la narrativa, la poesía o cualquier otra disciplina literaria. Pero sí tengo imaginación y que jode. Testigo sean mis almohadas que se han calado mis confesiones de amor imaginarias, mis abrazos a otros y ya sufren de exceso de sodio por el lagrimero que boto con frecuencia.
Eso sí, al menos estoy clara en que puedo hablar con habilidad de la belleza que han escrito otros, porque, Drama Queen como "te" soy, tengo la capacidad de aprenderme textos milenarios en dos segundos, y decir, aunque sea como recital de Padre Nuestro, las palabras más bellas, coherentes y significativas que pudieran haber escritos aquellos que sí llegaron temprano a la repartición de poesía, retórica y, sobre todo, labia.
Tal vez no tenga nada interesante que decir, tal vez no soy el colmo de la belleza y estética literaria (sabe lo que sea que gobierna el mundo que tampoco soy el colmo de la belleza visual), pero al menos no soy tan pretenciosa como muchos, al menos en el ámbito literario. Lo digo sencillo, pero con igual profundidad. Lo mantengo, al menos en palabras, simple y directo. Todo lo que no digo es porque no me atrevo.
A mi lengua le faltan demasiadas cosas por aprender, es inexperta, tímida e inmadura todavía. A mis manos también.
Tal vez, algún día, tenga algo interesante para decir. Por ahora, sólo me conformo con haber hecho, creo que por primera vez, un escrito que no se regodea en la propia mierda en la que siempre me ahogo, que, por ahora, sólo pretende convertir en hábito esto de escribir. A ver si algún día, alguien me dice: "Lo estás haciendo bien." Porque sí, toda Drama Queen que se respete, necesita de, al menos, un aplauso.
martes, 31 de mayo de 2011
Mundo GB
Mucho. Mucho tiempo. Demasiado tiempo.
Descubrí que cada vez que tengo un encuentro fortuito con alguien que tiene más cojones que yo para escribir, me antojo nuevamente de hacerlo.
He pasado casi un año sin escribir, y es, básicamente, porque a mí se me quebró la vida desde hace más de ese tiempo.
No pretendo, lo juro, sonar a protagonista de novela de Delia Fiallo. Pero sí, en efecto, se me rompió la vida desde hace más de 365 días, y me volví a encerrar, como hace mucho tiempo no lo hacía, en una burbuja a la que, ahora lo decidí, nadie tiene acceso. Nadie. Porque ni yo misma me acuerdo de cómo se hace para abrir la puerta o dónde está la fulana aguja que me permita explotarla. Me cansé de tejer, dejé hilos, agujas, alfileres, tambor de bordado, madejas, todo... todo está afuera.
Me estoy convirtiendo en un lugar común andante. Terrible. Mis días se han reducido a parpadeos largos que empiezan y terminan en un lugar de trabajo que no amo. Noches eternas y monótonas acompañadas por mi eterna "roomate", la soledad. Eterna y fiel. Acosadora de todos y cada uno de mis días.
A esto, le sumamos la falta absoluta de interés por la intensidad que antes tanto me fascinaba. Al menos en apariencias, sufro de un asco terrible por tener esta proximidad a lo culto y letrado. Me estoy convirtiendo, poco a poco, en un estereotipo. Lo único que no me he permitido es andar de tacones a altas horas de la mañana, con litros, kilos y kilómetros de maquillaje, y el respectivo cinturón ochentoso en la cintura, acompañado de los jeans que dejarían ver hasta mis partes más nobles. Eso no. Sigo abogando por el estético interés por la comodidad.
Se me quebró la vida y dejé de ser. De estar. Me fui de mí como tantas personas se han despedido del país sin mirar atrás. Todos, o casi todos, mis nexos afectivos se resumen en mensajes de texto, pines, mensajes directos, tweets, chats... me quedé sin contactos físicos genuinos, sin noches de vino, sin llamadas de madrugada para decir "tengo miedo"... me quedé con la única forma de comunicación que antes amaba, y que ahora tanto repudio. Me hace falta humanidad.
La mayoría de mis interacciones se destinan a la pantalla de una máquina de trabajo que decide actuar por voluntad propia, mis caricias se desperdician en el trackball de mi celular y uno que otro teclado, mis suspiros chocan contra mi propia almohada y sólo escucho los susurros de la música que sale por los audífonos de mi Ipod... Me hace falta humanidad. Me estoy llenando de fibra óptica y cobre.
Recurro nuevamente a esta infantil manía de desahogarme por medio de un diario -virtual- que probablemente nadie lea. Estoy estancada, como este escrito, como mi creatividad, como mis ideas. Me estoy convirtiendo en una extensión de un montón de aparatos. Me refugio en los bits, en los KB, en los GB, y pare usted de contar cuántas siglas más para llevar este día a día lleno de distancias que sólo se acortan con estas abreviaturas.
Me falta humanidad. Me falta realidad. Me falta una aguja para poder explotar.
jueves, 1 de julio de 2010
Ocho cenizas
Tengo una nueva manía (como si no me sobraran). No escribo tan bien como tú, no siento tan bien como tú, no soy libre tanto como tú. Eres libre. En un aspecto lo eres. No me lo refutes porque en ese aspecto lo eres. Sabes bien a lo que me refiero...
Tengo la nueva manía de fumar y pensar: pienso en mi vida, en mis soledades. En las nuestras. Fumo y pienso. Sola, como siempre. Cada bocanada se convierte en un nuevo pensamiento. Las cenizas, poco a poco, me rodean mientras estoy sentada en el lobby de un edificio que no es empresarial, que no es oficina, que no es trabajo de gente grande.
Tú eres gente grande. Eres de esas personas que lo logran, a pesar de que no haya libertades. Una bocanada más y otro golpecito maniático al cigarrillo. Una ceniza más. Una, dos, tres, ocho cenizas... Ocho cenizas me rodean, me ensucian el pantalón mientras sigo pensando.
Las noches son más difíciles porque no puedo fumar...
Mientras lo hago, es decir, mientras me hago consciente de mi manía, de mi más que internalizado comportamiento autodestructivo (como si no me sobraran), pienso en que no quiero que se termine. Porque ya me ha pasado. Siempre se terminan los cigarrillos y eventualmente debo encender uno más.
Lo nuestro (suena a relación perfecta, como la que pasa en los sueños, las que son perfectas tácitamente) es un tubito de nicotina que nunca se termina. Es una adicción y una necesidad de conseguirse, uno al frente del otro, fumando, pensando, sin decir. ¿Qué mejor forma de evadir, sino fumando?
Son ocho las cenizas que me rodean. Las acabo de contar. Una en la rodilla, otra en el pie (ese que tengo lesionado), en los brazos -esas son dos cenizas que se alargan y viajan a través de las distancias-, la quinta cae sobre una alfombra color ceniza. Dos más, en los ojos, ya grises porque hay demasiado humo (humo de la verdad, del que revela, como cuando hay un hechizo mágico de alguna bruja buena o mala) y la que siempre está por caer. Esa que no sabes en donde va a parar pero igual la tienes en el cuerpo.
Estamos llenas de cenizas, como el Fénix, como un cliché.
Pero no somos colillas pisoteadas.
Tengo una nueva manía: fumar y pensar en el futuro (vaya, que es una manía autodestructiva). Fumo, me acuesto en una baldosa fría, sin alfombras, y pienso en el vacío. Fumo, finalmente, para ver si el humo me dice algo. Bienvenido el vicio. Tengo 8 años fumando y tú siempre has estado a mi lado.
No soy escritora. Soy... soy una extremidad inflamada, eso sí lo tengo claro, ahora, después de mucho.
Sabes que no me gusta este escrito, per me voy a dar el tupé de regalarte mis letras imperfectas. Como yo. Somos espejo, somos, sin espacio: como la boca cuando busca la colilla e inhala. Sin espacio. Sin muchos malentendidos y muchos sobreentendidos.
Somos 8 cenizas en el tiempo.
Tengo la nueva manía de fumar y pensar: pienso en mi vida, en mis soledades. En las nuestras. Fumo y pienso. Sola, como siempre. Cada bocanada se convierte en un nuevo pensamiento. Las cenizas, poco a poco, me rodean mientras estoy sentada en el lobby de un edificio que no es empresarial, que no es oficina, que no es trabajo de gente grande.
Tú eres gente grande. Eres de esas personas que lo logran, a pesar de que no haya libertades. Una bocanada más y otro golpecito maniático al cigarrillo. Una ceniza más. Una, dos, tres, ocho cenizas... Ocho cenizas me rodean, me ensucian el pantalón mientras sigo pensando.
Las noches son más difíciles porque no puedo fumar...
Mientras lo hago, es decir, mientras me hago consciente de mi manía, de mi más que internalizado comportamiento autodestructivo (como si no me sobraran), pienso en que no quiero que se termine. Porque ya me ha pasado. Siempre se terminan los cigarrillos y eventualmente debo encender uno más.
Lo nuestro (suena a relación perfecta, como la que pasa en los sueños, las que son perfectas tácitamente) es un tubito de nicotina que nunca se termina. Es una adicción y una necesidad de conseguirse, uno al frente del otro, fumando, pensando, sin decir. ¿Qué mejor forma de evadir, sino fumando?
Son ocho las cenizas que me rodean. Las acabo de contar. Una en la rodilla, otra en el pie (ese que tengo lesionado), en los brazos -esas son dos cenizas que se alargan y viajan a través de las distancias-, la quinta cae sobre una alfombra color ceniza. Dos más, en los ojos, ya grises porque hay demasiado humo (humo de la verdad, del que revela, como cuando hay un hechizo mágico de alguna bruja buena o mala) y la que siempre está por caer. Esa que no sabes en donde va a parar pero igual la tienes en el cuerpo.
Estamos llenas de cenizas, como el Fénix, como un cliché.
Pero no somos colillas pisoteadas.
Tengo una nueva manía: fumar y pensar en el futuro (vaya, que es una manía autodestructiva). Fumo, me acuesto en una baldosa fría, sin alfombras, y pienso en el vacío. Fumo, finalmente, para ver si el humo me dice algo. Bienvenido el vicio. Tengo 8 años fumando y tú siempre has estado a mi lado.
No soy escritora. Soy... soy una extremidad inflamada, eso sí lo tengo claro, ahora, después de mucho.
Sabes que no me gusta este escrito, per me voy a dar el tupé de regalarte mis letras imperfectas. Como yo. Somos espejo, somos, sin espacio: como la boca cuando busca la colilla e inhala. Sin espacio. Sin muchos malentendidos y muchos sobreentendidos.
Somos 8 cenizas en el tiempo.
miércoles, 7 de abril de 2010
Primer paso
Confieso que estoy mejor.
Pero tengo miedo
Confieso que estoy creando un personaje cotidiano.
Y también un par de personajes dominicales
Confieso que me gusta sentir el frío en mi piel.
Preferiblemente sentirlo desnuda
Confieso que la rutina me ahoga.
Y el humo del cigarrillo me libera
Confieso que soy un cliché.
En busca de originalidades que me destaquen y me convenzan
Confieso que evado tu mirada y tus letras.
Pero nunca mis manías anónimas
Confieso mis verdades.
Nunca aceptaré uno de esos retos
Confieso que he pecado.
Pero no mucho, no lo suficiente
Confieso que te espero.
Y sigo tejiendo recuerdos por venir
Confieso que las sábanas me quedan grandes.
Y el otro lado de la cama también.
Confieso, siempre sobre una alfombra...
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