lunes, 25 de febrero de 2013

And the Oscar goes to... The Falling

En el post anterior publiqué algo bastante denso para el objetivo de este blog, así que volvamos un poco con el ambiente "lais" (light) de esta taguara, porque si no, vamos a convertirnos en el asesino en serie de The Following, y encontraremos en la depresión de Colibritany (porque evidentemente su dieta del brócoli hervido nunca le va a funcionar) la más absoluta belleza. 

Pues bien, yo por lo visto siento que tengo gasolina infinita en mi cuerpo, y por esa razón hago y sigo haciendo cosas, a pesar de que el día sigue teniendo 24 horas (lo siento, Proyecto Uno, seguimos en la espera) y la semana dura los mismos 7 días. A pesar del absoluto cansancio que implicó participar en la inauguración del Festival de Teatro de Caracas - estuve en el centro durante 12 (se lee doce) horas aproximadamente - yo me acosté tarde ese día, y me levanté "temprano" porque tenía que ensayar. 

El mejor ensayo de mi vida. Incluyó alcohol como búsqueda actoral. No estoy promoviendo el alcoholismo y los vicios varios dentro del ejercicio de este arte, eso sería redundante. Simplemente me pusieron a beber para entrar en el mood. En fin, que luego de eso me reuní, como la mitad de mi timeline de Twitter, a ver los premios de la Academia. 

Y, lo siento. A ese programa le faltó guaguancó. Lloré con "One Day More", porque ahorita tengo sentimientos muy cercanos con esa canción en específico. De resto, todo me pareció muy normal. Hasta predecible. Muchísimo mejor estuvo mi querido Hugh Jackman cuando le tocó a él. 

Y entonces tuve una epifanía...Vi demasiadas películas, por lo tanto ya sabía quién iba a ganar y quién no. Y allí fue cuando todo se derrumbó, dentro de mí, dentro de mí. Porque a mí me encanta indignarme con las decisiones de esa gente, a mí me encanta votar pasionalmente y no sabiendo quién va a ganar realmente (ja, qué aplicable para otros aspectos de mi vida como venezolana). A mí me encanta el drama y mentarle la madre a los panitas que representan al don dorado que todo actor/productor/director/etc. desea. 

Quedé de tercera en la quiniela este año. Súper aburrido. No armé rollos, no me indigné. Así no es tan divertido.

Llegó un punto en que estaba tan aburrida que ya me había lateado con Morfeo y estábamos entrando en segunda base, y entonces vino Jennifer Lawrence a inmolarse con esa hermosa caída. 


Y fue lo mejor que me pasó en la noche (eso, y el comentario de un amigo que explicó por qué Meryl Streep dijo el nombre de Daniel Day-Lewis tan rápido). Lo mejor de la noche fue esa caída e imaginarme el terror de Hugh Jackman (el único humano que se apiadó de ella) cuando la vio en las escaleras: 



"¿Dónde están los guías de esta vaina? ¡Alguien que la ayude! ¡Se escalabró la muchacha! ¡Traigan mertiolate pa' las rodillas de la niña!" 

Priceless

Gracias, gordita, por ponerte un vestido que sabíamos que no ibas a lograr manejar. Yo también me hubiese caído, y también me hubiese quedado en las escaleras esperando el auxilio de Wolverine y de Bradley Cooper. Eres una genia por eso. 

Y gracias, Meryl, por sacarte la pantaletica después para salvar a tu futura pupila. 

Adoro a los artistas y su falta de glamour. 

Ciertos reencuentros de fin de semana

Yo sufro de ansiedad. Y eso, sin duda, es algo hereditario. Mi madre es más nerviosa que cualquier fanático de fútbol en penales, y he luchado contra eso, pero últimamente me resulta demasiado difícil no ser presa del miedo y que eso me domine. Y lo detesto. 

Una dramaturga/cantante/actriz/directora/todera venezolana, llamada Mariana Cabot, escribió hace un ratito una obra donde había un personaje que describe mi situación al pelo. En verdad casi todos me describen, pero hay uno que se deja consumir por la inseguridad y todo el asunto. Y en verdad, me he dado cuenta de que ya casi ni salgo de mi casa, porque me da miedo. Porque tengo que calcular a qué hora más o menos estaría regresando, para saber qué tan cerca de mis cuerdas vocales estarían mis ovarios al momento de salir de algún sitio. 

Y hay gente que no es así, y yo eso lo aplaudo. Y por un rato, durante la semana pasada, me permití no ser así. Resulta que participé en la inauguración del Festival de Teatro de Caracas. Una cosa maravillosa, a mi parecer, porque pone el teatro al real alcance del público.

Y yo lo asumo dignamente, yo tenía muchísimo tiempo sin ir al centro de mi ciudad, porque ahí me pierdo, todo me parece igual y no distingo nada. No, no es sifrinería, es que en serio he tenido las cosas bastante cerca, y yo duermo mucho: ir al centro implica despertarse temprano. Ya lo había visitado antes de esta oportunidad (antes y después de los respectivos cambios), pero ahora tuve más tiempo de detallar ciertas cosas. 

Y me revolví. Por un lado, el proyecto de convertir el centro de Caracas en "Ciudad Teatro", me parece hermoso. Los teatros más hermosos de mi ciudad (sin ofenderse, Teresa, sabemos que tú eres la reina del arroz con pollo con toda esa majestuosidad) están allí. Les hicieron tremendos cariñitos a esos panas. Están hermosos. 

Y por otro, no dejaba de mirar a los lados. De esconder mi cartera. De revisar los mensajes del celular dentro del bolso. Y eso lo hago en todas partes. Y me sentí mal, porque le agarré un miedo terrible a una ciudad que todavía tiene cosas por ofrecer. Y me di cuenta de lo encerrada que estoy en un sitio que tiene cosas tan bonitas. Escuché comentarios tontísimos, otros absolutamente oportunos. Pero el estómago revuelto era conmigo misma, con mis prejuicios, con mis miedos y mi estupidez. Con mi absoluta incapacidad de arriesgar(qué raro, Patricia). 

Y luego me dejé de tonterías y me disfruté la experiencia. Gritar "¡Zamora!" a todo gañote, en el teatro Municipal, con un montón de gente aterrada porque me veía así: 


No tiene precio. 

Y regresé contenta a mi casa, porque sentí la bienvenida de una zona que pensé que me rechazaba (recíproca la relación)  y brindé por ella con un vino al final de la jornada. Terminé ese día dándome un chance para respirar ese ambiente y sonreírle de lejos a una chama que conocí hace tiempo, esa pana a la que no le importaba demasiado pensar en la violencia de su ciudad. Y me sentí un poco más tranquila. Y me dije: capaz, capaz y nos podemos llevar mejor. 

Sólo por ese día, decidí no revisar los titulares de ningún periódico. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Mientras el celular siga en coma...

Si hay algo que debo agradecerle a mi comatoso celular es la oportunidad que me dio de desconectarme un poco del mundo. Estaba absolutamente adicta al aparato ese, y probablemente cuando vuelva continúe mi adicción - porque eso de los vicios a mí se me da de un bien - pero por ahora, me siento casi liberada. 

De no ser porque mi trabajo implica una computadora, y porque tengo el vicio (sano o no) de escribir y postear, me sentiría casi libre de los códigos binarios. Ya en algún momento dije que mi Internet apesta, y por tal razón yo no disfruto ni conozco de las artes de la piratería cibernética al mismo nivel que mis congéneres. A saber: no puedo usar Cuevana o cualquier otro medio para adelantarme a la retrógrada programación de mi país, y estar al día con la cartelera cinematográfica del mundo real (ese donde las cosas están al día), ni mucho menos de las series. 

Por eso recurro a viejos métodos de entretenimiento. Es decir, compro las películas, las pido prestadas o leo libros. Y durante carnavales pasó algo maravilloso: fui a la playa. A mí se me había olvidado lo que era ese sitio. Cuando regresé de Inglaterra estaba casi tan transparente como un papel celofán, y diría que medio verdosa. Fui a la playa, y la excelente gestión de Corpoelec me regaló unos apagones gloriosos que nos hicieron devolvernos. 

Desde Semana Santa del año pasado no iba. Aquello me parecía la tierra de los Munchkins cuando Dorothy abre la puerta de su casa después del tornado. Recordé lo que es, en efecto, relajarse y ponerse cual teja al sol. Una cosa increíble eso de las palmeras, la arena y el mar. No tan increíble las bombitas de agua, y el gentío. Me siento un poco estafada por Celia Cruz, ella en ningún momento habló de eso en su canción. Celia, querida, si la vida es un carnaval, debiste advertirnos de la gentarada buscando un puesto con su toalla y peleándose por las tumbonas a la orilla de la piscina. Pero te lo perdono, porque eres tú. 

Además de trabajar de noche (siempre lo he hecho así desde que trabajo en la casa), decidí que ciertas noches las dedicaré a mi educación audiovisual, y por eso veré películas que siempre he querido ver, o me daré el chance de volver a disfrutar de una serie. Y entonces retomé Grey's Anatomy y todo mi propósito su fue al caño. Lo intenté con Glee, y ya no hubo vuelta atrás. 

¿Qué pasó ahí, mis reyes? Shonda y Ryan tuvieron tremendos rollos en sus vidas para que esto pasara. No entiendo cómo es que los gringos se burlan de las telenovelas latinoamericanas, y hacen lo que están haciendo con McDreamy y su combo. Además, asumamos con dignidad que no tener Mark Sloan implicó la renuncia de muchas fanáticas. Demasiada matazón. Lo que le falta a Meredith es quedar paralítica e ir presa. Porque ya el bebé lo perdió una vez. 

Y con respecto a Glee, su calidad es inversamente proporcional al color natural de piel de Lea Michelle. Reinita, gorda, cuchi, mi amor... Déjalo ir. El fake tanning y la serie. Nadie llega a ninguna ciudad tan reconocida como NY y trabaja en Vogue porque se viste bien, Ryan. Nadie. Y, lo certifico, nadie  - bueno, ninguna mujer heterosexual - estudia teatro musical y se consigue un novio como el actual arrejunte de Rachel. Eso va en contra de la naturaleza del género (la gente que estudia teatro musical entiende a lo que me refiero). 

Decido irme entonces por el celuloide. O bueno, el DVD. Y pongo Lincoln. Me desperté esta mañana sin saber qué había pasado. Recuerdo que iban 40 minutos de película y no había pasado nada. Asumo que mi cerebro se apagó como medida de seguridad ante tanto aburrimiento. 

No fueron buenas elecciones. Pero al menos vi Beasts of The Southern Wild y Les Miserables. Y eso ya me preparó para la alfombra roja. 


miércoles, 6 de febrero de 2013

Siempre será extraño

Resulta que yo me estoy haciendo cada vez más vieja. Hace más o menos una semana fui a la UCAB porque tenía que reunirme con una nena (la pobre no sabe de quién fue víctima) que me pidió asesoría para su tesis. Sí, alguien en el mundo piensa que soy lo suficientemente seria y coherente para dar consejos académicos. 

Y volver a la católica siempre será una experiencia súper extraña. Todo sigue prácticamente igual, en esencia. Exceptuando que ahora hay una biblioteca supersónica atendida por robotina, y que estaba  en el primer ladrillo cuando yo estudiaba ahí. Exceptuando el hecho de que ya nadie me conoce ahí, porque... yo fui estudiante de la UCAB hace 11 años...  Hace 11 empecé en Letras y hace 10 me cambié a Comunicación Social. Evidentemente nadie me saluda en ninguno de esos rincones, salvo contadas excepciones casuales. 

Y entras en trauma, inevitablemente. Te da como un sustico cuando sabes que alguien te pide consejo, porque es que, bueno, tu tesis tal cosa. Ya luego de un rato te das cuenta de que tu (mi) tesis fue un arrebato de locura, producto de una necesidad de sentir que se hizo algo útil, y al final sólo se convirtió en un asesinato masivo a los árboles del Amazonas. 

Y entonces te conviertes en una nueva dentro de una Universidad que viviste por doce horas diarias durante cinco años. Y te vas a algún banquito que quede frente a módulo 4, porque acabas de comprarte un Nestea y es lo que queda más cerca. Porque ya la torta de chocolate con chocolate y más chocolate está demasiado cara. Y entonces te sientas ahí, solita. Y escuchas las mismas conversaciones de siempre. Un pana explicándole a una amiga que es normal su reacción en la primera fumada de marihuana, una despechada por el tipo que no le para, lo negro del alma de tal o cual profesor. 

Y te reflejas. Te ves reflejada, de alguna forma, en cada persona. Incluso en los que ya vuelven a tener el jardín cercano a la biblioteca para darse amor o armarse una escenita. Y te acuerdas de tus escenitas, de tus preocupaciones, de la terrible angustia por algún asunto emocional (en mi caso, la angustia académica nunca estuvo de primer lugar). 

Y llega un día como ayer, y cumples cuatro años de graduada. Cuatro. Y todo el mundo se pone cursi, y te recuerda con cariño. Ese día se acuerdan de ti. Y te das cuenta de que evades el espiche de alma que implica no tenerlos en el día a día. Y te construyes la coraza. Y escribes cosas cómicas. Y te angustias porque estás vieja. Pero agradeces que no sean todavía cinco años. Los múltiplos de cinco tienen como una carga más heavy

Y así cumples cuatro años de graduada. Y no los celebras porque tu estúpido celular juega con tus sentimientos más de lo que lo puede hacer el personaje de turno. Porque muchos se han ido, porque te escondiste y de repente nadie sabe donde está mucha gente. Porque todos cambiamos, porque todos somos más tecnológicos, y en el fondo, seguimos siendo lo mismo. 

Y entonces te levantas del banquito, agarras camino a tu casa. Y ya, al día siguiente haces otra cosa. 

miércoles, 16 de enero de 2013

Pilatos no debería ser tan "in"

Además de todos los problemas que he dejado aquí expuestos, voluntaria o involuntariamente, yo hoy tengo uno que me aqueja con profundidad, y quiero asumir que se trata de un problema serio. Resulta que mi celular tuvo un ACV. No, ese no es el problema. O bueno, sí, porque me estoy convirtiendo en una autómata del Wall-e World que sólo está pendiente de lo que una pantalla tiene que ofrecer. 

Resulta que el pana es súper malcriado y decidió que se tenía que reiniciar cada tres minutos, porque eso de jugar a Peek-a-boo a él le parece jocoso. Entonces, luego de entrar por todas las facetas habidas y por haber, típicas de estas circunstancias, yo asumí con dignidad su ataque y lo mandé a un rincón hasta que, al día siguiente, pudiese llevarlo al médico. 

Y resultó ser que la medicina sistémica es más efectiva que ir al Mercy West Hospital. Traduzco: al ir a la tienda en donde se supone que solucionarían mi problema, me trataron como si fuese a causarles uno. Y eso es lo que me molesta realmente. ¿Cómo así que tú no le vas a rendir cuenta a la memoria del santo Steve Jobs? 

Fui a la tienda y el pana de "servicio técnico" lo que hizo fue joder más mi situación. Y lo peor es que en Internet ya salía cuál podría ser el rollo, pero él no me hizo caso. Antes por lo menos podía seguir mandando mensajes, ahora ni siquiera puedo usar el celular. Gracias, gordito, por estar pendiente de tu celular (que ni siquiera es de la marca en donde trabajas y lo exhibes sin ton ni son) y de cuadrarte un culito para la noche. 

He ido a otras tiendas Mac en el mundo, y de vaina te lavan los pies al llegar, mientras te hacen una keratina y te ofrecen un té. ¿Entonces, mi rey?

El problema es que aquí no hay cajera, persona que atienda en panadería, ni en ninguna tienda, que te diga "buenas tardes". Y eso a mí me revienta porque yo me niego a perder el sentido de la educación con los extraños. Con los cercanos soy una guarra que ha traspasado todos los límites de confianza pensables por la mente humana, pero...un poquito de por favor... La gente del día a día no tiene por qué enterarse de quién soy, pana. La gente tiene que mantener un poquito de cordialidad. 

¿Por qué te tienen que mirar feo y voltearte los ojos de una vez? ¿Qué tanto costará decir "gracias, buenos días/tardes/noches", "a la orden"? No entiendo cómo es posible que sea más fácil publicar en un estado de Blackberry que amas el mundo, que amas a tu novio y no sepas decir gracias. No entiendo en qué momento decir "te amo" se convirtió en algo más sencillo que agradecer por un buen servicio.  Eso habla mucho de la bipolaridad social venezolana.

Yo entiendo que en ciertas horas es difícil estar de buen humor, pero ¿todo el día? ¿a cualquier hora? ¿en cualquier canal? No, mi reina, eso no es así. 

Para más, mando un correo quejándome (ilusamente pensando que alguien podrá seguir el ejemplo de Lego y mandarme ochenta productos Apple para aplacar mi ira) y lo que me dicen es, básicamente, lo mismo que me dijeron ayer: "vaya a donde fulano, nosotros no podemos responder por eso"

Pilatos debería pasar de moda en algún momento. Porque así funciona y ha funcionado siempre esta taguara bolivariana: aquí nadie tiene la culpa y todos bajan la santamaría con el aviso de "siguiente ventanilla", hasta que se acaban. 

En algún momento tendré el valor de decirle a alguien que me trate mal que me cuente sus penas, que yo escucho burda a la gente, pero que me sirva el café con amor y me le haga uno de esos diseños de florecitas que se ven tan lindos en la espuma. Yo sé que estamos en la ciudad de la furia, pero más fúrica se va a poner si nosotros seguimos así. 

Me rehúso a dejar de decir gracias, aunque no me contesten. Pero cada día se hace más difícil la cosa. Sin demasiadas moralejas tampoco, que al final cuando no me brindan un buen servicio, lo que hago es dejar monedas de propina. No es un asunto de creerse superior, o no. Nada más alejado de la realidad. Si yo edito bodas y ese es mi trabajo, lo hago bien. Si usted atiende clientes, ese es su trabajo, hágalo bien. No me lance panes con cubitos de mantequilla en la mesa como si usted fuese Magallanero y se enteró de que yo soy de los Leones. Haga el favor. 

Si usted trabaja en una tienda Mac, usted tiene que ser Sheldon Cooper. Y punto. Y si metió la pata, asuma su barranco (la escritora se lo repite a sí misma hasta la saciedad). Si no puede ayudarme con mi problema, al menos llame a quien lo puede hacer, frente a mí, y hágame sentir que le importa lo que me pasa. 

Eso es lo que falta en esta guarandinga, conciencia y respeto por el otro. La gente debería hacer un poquito más de teatro y entender sus reglas básicas, a ver si mejoramos un poco el sentido de la humanidad. 

miércoles, 2 de enero de 2013

Rituales, échenme una ayudaíta


Ok, en el post anterior hice referencia a que este año que pasó no pedí los deseos con cada uva, sino que los quemé en un papel donde escribí lo que espero que se me cumpla para el año que viene. 

Estemos claros, yo no creo en muchas cosas. Yo creo que mi hermana del medio va a terminar teniendo un spa donde le acomode los chacras a la gente, de acuerdo con la última teoría del Feng Shui Tibetano del norte de la nalga de Buda, pero yo no soy así. 

Lo que pasa es que diciembre cambia a la gente. Y este diciembre que pasó, fue bien raro. Los últimos diciembres que he tenido han sido así, raros. Y eso es porque estoy creciendo y estoy dejando de ver el elefante dentro de la boa. Yo estoy empezando a ver sombreros. 

Entonces eso no puede ser. Y punto y se acabó. 

El 31 me despeté de malas y ese mal humor me duró hasta justo antes de empezar a comerme las uvas. Que más que uvas, parecían manzanas de Liliput. Yo tuve que comerme eso cinco minutos antes de las doce (a pesar de la típica discusión de mis familiares que se resumen en "comerse las uvas o no comérselas cinco minutos antes, he ahí el dilema.") porque, en efecto, quería llegar viva al 2013, y no con una de las frutas en cuestión atravesada en el "güergüero".

Entonces ocurrió el primer milagro de año nuevo: Me puse de buen humor. Y empezaron un montón de rituales que dejarían a Abigail Williams y a todo su clan de Salem dando vueltas sobre su mismo eje. Las panas ya me mandaron un correo para que les haga un taller. 

Yo sufrí un ataque de lentejas voladoras, no sé ni para qué demonios, pero me hicieron un "baño de lentejas". El previo rocío con esencia de mandarina que me dejó oliendo a Mistolín se quedó llorando con su mamá, al lado de este episodio. Basta decir que luego de ir al baño, una vez pasada la euforia, se creó la nueva maravilla del mundo: las cataratas de Patricia, llenas de lentejas por todos lados. 

Por supuesto que salí enardecida a correr con las maletas y di cuantas vueltas pude. Crucé la línea de fuegos artificiales varias veces, y en cierto punto sentí que los globos de los deseos de los vecinos me estaban diciendo que en verdad soy hija de unos reyes y que mi "madre" es Madame Gothel. No sé en qué posición dejaría a mis hermanas esta verdad, pero fue lo que yo sentí. 

Cuando fui a quemar los fulanos deseos, el momento intenso se vio opacado por el simple hecho de que el fulano papel no se quería quemar, así que tuve que pasarlo por un velón como ochenta veces, bajo la lluvia de lentejas y los cohetones explotando. Igual fue místico. 

Cada lola tuvo su respectivo ritual. En la izquierda me metí un billete extranjero; no sé si con esto le estoy diciendo al mundo que quiero un extranjero millonario (por aquello de que me puse el billete al lado del corazón), o que el mundo me va a mandar a un intenso izquierdista que consiga plata en el mercado negro. Yo lo hice porque quiero plata, y ya. 

Y en el otro lado me inventé una nueva y me puse un condón. Sí, un condón. 

Si la gente cree que porque se convierta en una lluvia de lentejas va a tener abundancia, yo puedo inventarme una nueva tradición y meterme un condón en el sostén, en la lola derecha, para acabar con mi verano. Capaz y termino teniendo una buena noche con un carajo de derecha, esa gente tiene dinero. Entonces se anularía el deseo de mi otro seno. No sé. El punto es que lo hice porque me pareció divertido y porque si voy a tener una buena noche, va a ser responsablemente (mami, te quiero). 

Y entonces después comimos lentejas, pero cocidas, ya no sé ni por qué es que se come eso. Ultimadamente, chico. De algo tuvo que servir ese montón de expresiones paganas, porque al final de la noche fui la única que se quedó con sus tacones bien puestos. 


A lo que iba, que esa parte de la noche me divierte, aunque no crea (o sí crea un poquito en el fondo). En esa parte de la jornada me vuelvo una niña de nuevo, veo elefantes, veo planetas, veo los fuegos artificiales como si estuviese viendo la última maravilla del mundo, en lugar de ver cómo se quema dinero en el aire. 


Y pasan una, dos, tres horas... Y entonces me doy cuenta de que se me olvidó desear que los cohetones del demonio sólo duren hasta las dos y media, como demasiado. 

Para el próximo año, esparciré la sangre de un dragón que haya follado con un unicornio sobre uno de esos juegos pirotécnicos, a ver si me dejan dormir tranquila. 



Resumiendo

El año pasado no escribí durante buena parte de la época "de-sembrina" (ya sé que el chiste está repetido, pero me sigue pareciendo bueno mencionarlo) porque tuve el mejor viaje de mi vida. Este año no lo hice porque me puse intensa y me alejé del mundo por un rato. 

Y es que sólo a mí se me ocurre ponerme a leer -en este momento del año que se supone que es feliz, lleno de escarcha, y demás- el nuevo libro de Ibeyise Pacheco y uno llamado "Los Hornos de Hitler", cuya autora es una sobreviviente de Auswitchz. 

Luego de perder la fe en la humanidad y saber que el fin del mundo llegó desde antes del fulano 21 de diciembe de 2012 (e igual siento que los Mayas me estafaron), decidí que ahora voy a leer Harry Potter, porque no, no me he leído la saga. Yo siempre llego tarde a las modas, no soy trendy, lo siento. 

En todo caso que asumí estas semanas como un período para hibernar absolutamente. Creo que tengo un poco más de pelo y todo; no hice otra cosa más que levantarme y acostarme muy tarde, leer, hacer zapping de 800 canales que no tienen nada demasiado interesante para ofrecer (más allá de los maratones de The Big Bang Theory y Friends, gracias Warner, que Bugs Bunny te bendiga siempre) y pensar, pensar mucho. 

Ya seguro que todo el mundo posteó sobre lo que fue su año, y yo, como siempre, llego tarde al asunto. Pero es que resulta que este año para mí fue tan particular, que necesitaría como 30 posts más para poder contar todo. 


Así que, simplemente, mi año se resume en: 

Empecé en otro país, me fui, lloré, volví a Venezuela me y deprimí por la inseguridad; entré en un taller de Teatro Musical que hace de mis tardes una absoluta felicidad a pesar de mi cara de miembro posterior bajo; empecé un curso de locución que me hizo darme cuenta de que el personaje de jeva antipática y ácida se me da bien; fui a Disney, fui feliz, volví, se me incrementó la paranoia; me presenté en el teatro de Chacao y mis lolas exigieron su protagonismo; perdió Capriles, cumplí años, volvió mi mejor amiga y no la veo demasiado, perdí un par de zarcillos y la dignidad con ellos, seguí adelante; consolidé amistades, la pasé mal (y también la pasé muy bien) en el medio en el que me quiero desenvolver, aprendí de esas malas pasadas aunque nunca lo hablé realmente; entendí aquello de que "la confianza da asco" con mi mejor amigo; retomé contactos con gente fina en los últimos días del año, empecé a escribir en Mujeres del Siglo 21, tengo dos sobrinos que viven en el país y me tienen más babeada que una Miss por una torta de chocolate, me comí las doce uvas y no deseé nada, sino que quemé los deseos que escribí en un papel.... 

...Me harté de los fuegos artificiales hasta las 7:00 de la mañana. Gracias, vecinos, son unos cuchis. 

Y me di cuenta de que nunca he considerado un año como algo increíble, así que por lo pronto, veré qué hago para mejorar esa actitud. Creo que pasar fines de semana viendo películas, o yendo a la playa (en la medida de mis posibilidades) podría ayudar... Creo que ir más al cine, al teatro (irónico que no vaya casi al teatro), también podría ayudar. Tal vez haga un podcast, tal vez me lance con eso de la radio, capaz y me lanzo a la inútil tarea de echarle los perros a Johnny Depp, no sé.

Los únicos propósitos que tengo claros son: aprender a manejar (no, tengo 27 y no sé manejar porque me da pánico), ir a los diferentes doctores que tengo que ir y hacer un montón de papeleos de gente grande. Aburrido, lo sé, pero es que ya le pondré sazón a mis visitas al médico y mis diligencias, para poder postearlas aquí. 

De resto, no me voy a poner a prometer nada, porque en un país como éste, que exige por Twitter ciertas verdades, pero no amanece para votar (pero sí para aprovechar el GOS de Beco), en este Macondo en el que vivo, nunca se sabe si mañana te sale un rabo de cochino y te mueres por eso, o si te agarran en una esquina. En este país las promesas están como demasiado puteadas. A vivir día a día, a cambiarse el look, a sobre-vivir. 

Para mí, no queda de otra. A menos que venga un duende, una lechuza, algo, y me traiga una carta de la Universidad de Shiz (porque Hogwarts está bien demandada y soy realista), a mí lo que me queda es encontrar en la simpleza (sobre todo en Venezuela, simpleza... ¿De verdad?)  de mi realidad, la bonitura del asunto. 

Ah, y también vi Azul y no Tan Rosa, dos veces. Lloré como una pendeja. Gracias por eso, Miguel Ferrari.