jueves, 16 de febrero de 2012

"Mis palabras, las palabras"

Yo tengo un problema serio con la carga semántica/semiótica de las palabras. ¿Por qué? Porque soy una intensa que se quedó pegada con muchos vicios de sus días universitarios. 


El hecho es que yo le doy muchísimo valor a las palabras y a su grado de impacto. Por eso trato de escoger las correctas para expresar exactamente lo que quiero decir. Por eso soy irónica y por eso tengo un sentido del humor bastante... ¿negro? 


El asunto es que sé que todo el mundo no tiene la misma obsesión con las "maneras" de decir, y sé que todo el mundo no entiende los diferentes grados de impacto que yo tengo en mi clasificación mental. Pero hay gente que sí lleva ese talento, y con esa gente es con quien yo me llevo bien, porque, casi literalmente, estamos en la misma página. 


Toda esta habladera de hierba seca viene a colación porque hace unas semanas estaba hablando (o me estaban hablando, realmente) sobre la importancia que tienen ciertas palabras y sobre el cuidado que hay que poner para no gastarlas. Palabras sagradas, pues. 


La mayoría de ellas relacionadas con el amor, porque una te es cursi aunque lo niegue y se construya su murito de mujer de avanzada, una de vez en cuando te quiere un cariñito y se le bajan las bombachas cuando escucha la siguientes posibles combinaciones: 


Te + quiero/ adoro/ amo
Me + importas/ gustas/ complicas 


Y sus afines. Yo uso estas palabras, como demasiado, por mensaje de texto. Palabras sagradas que sólo uso cuando me sale del fondo de mi piscina de complicaciones o bien cuando estoy en euforia histérica (probablemente producto de alguna bebida espirituosa). Y seamos honestos, la gente putea estas expresiones casi tanto como lo hace con las canciones de Shakira o de Don Omar. Yo entendí, luego de esta conversación que tuve, que más allá del miedo que pueda tener por decirlas (bien Delia Fiallo, como siempre), no las uso porque las fulanas expresiones van destinadas a gente que en efecto Me+importa


Por otro lado y porque todo en la vida viene en pares de contrastes, si tengo palabras sagradas también hay palabras malditas. Palabras que no puedo soportar leer, escuchar, recitar o tararear por persona alguna. Entiéndase, persona que no está relacionada con mi círculo familiar. Me explico. Este tipo de palabras tienen un efecto de mutación en Pokemon en anfetas sobre mí porque, básicamente, anulan mi potencial sensual/sexual/pseudoatractivo. Yo he descubierto que estas combinaciones pueden ser dichas por los miembros familiares y tener un efecto tierno, pero no por eso excluyente de la anulación de potencial actividad instintivamente animal, o sea, sexo. 


Combinaciones como: 

Tan + linda/ bella/ tierna/ cuchi 
Mi + gorda/mami/niña 

Pueden ser dichas perfectamente por algún tío, padre, abuelo o hijo y uno siente la ternurita entrándole en el corazón junto con el respectivo besito en la frente que hace que cierres los ojos inmediatanmente. Pero hasta ahí, ahí lo que hay es Disney. Eso es pura censura A, eso no llega ni a B. Eso es película de domingo por Venevisión.  


Pero si lo dice el pana de turno o un amigo, te convierte en un persona con el atractivo sexual de una ameba. ¿Cómo así que tan+linda? ¿Cómo es eso de tan+cuchi? ¿Quién te dijo que eres un camionetero para que me estés diciendo mami? No, cariño; no, gordito (¿ves que es horrible?) Eso no funciona así. O tú me dices flaca para que yo crea que en efecto esta caminadera me está haciendo rebajar, o me dices "bella", pero eso de "tan+algo" suena como con una vocal demasiado alargada ("Ay tan lindaaaaa") 




Y, por favor, absténgase de ser creativo y salvar la patria con combinaciones de estas palabras malditas, con la esperanza de que pueda quedarle mejor la cosa: Jamás en la vida diga usted gorda+bella, por ejemplo. Yo no soy la protagonista de ninguna novela nefasta como para que me estén diciendo "Gorda bella", yo soy gorda, puede que sea bella, pero esa combinación suena a osito cariñoso con muffin de cumpleaños en la barriga. No, gracias. 


Hágase un favor y hágale el favor a su víctima de turno: No la ponga a pensar en que tiene que caminar más o ir más al spinning. Si va a usar palabras de cariño, procure ser simple. Una solita, y que no sea sobre el peso. Eso afecta. Nadie quiere escuchar la cantaleta de: "Marica, estoy gorda, ya hasta fulano me lo dice.". Puede que usted tenga una buena intención, pero es como que le digan: Hola+chiquitico, mirándole la entrepierna. Absténgase y triunfará. 


Hay otras palabras más serias, por supuesto, que también están malditas. Pero prefiero hablar de eso en otro momento. 


También están esas palabras que le quedan grandes o que como que no encajan con cierta gente: Señor, señora, licenciada(o) - aunque tenga el título-. Esas palabras que aunque la gente diga que lo es, como que no encaja con la persona. El mejor ejemplo: 


Señor+Presidente
Y hasta ahí llega la explicación. 


Y esto me recuerda un último tipo de palabras: Las que abruman (que también pueden ser las palabras sagradas cuando las escuchas). Esas palabras que no se entienden tan fácil, esas que para ciertas personas parecen irreales al estar juntas. Esas que no dejan dormir. ¿No queda demasiado claro? Bueno, por ejemplo: 


Tres + millones. 


domingo, 12 de febrero de 2012

Venezolana y masoquista

Yo me he pasado los últimos post diciendo lo maravilloso que ha sido todo mi viaje. Lo increíblemente bien que la estoy pasando y lo tranquilo que se siente estar en un país seguro donde puedes caminar a las 3 de la mañana por la autopista sin que te pase absolutamente nada. 


Yo todo este tiempo me la he pasado bomba. Pero hoy no. 


Hoy me desperté con una bola criolla en la garganta, sin voz, sin tranquilidad en el cuerpo. No puedo ir a votar porque mi estadía aquí no ameritaba el cambio de dirección en el REP (no vaya y sea que me manden a China) y me siento absolutamente irresponsable por no hacerlo. 


Yo he pasado 13 años (léase la mitad) de mi vida bajo un mismo régimen. Ejercí mi primer voto bajo este gobierno, pasé 14 horas de pie para poder decir que no estoy de acuerdo, y he pasado el tiempo necesario de pie, una elección  tras otra. O sentada en las "sillas para la cola", con la botella de gatorade, los pastelitos que le compré a la señora que fue más astuta que yo y se le ocurrió la idea, y haciendo amigos de esos que nunca vas a volver a ver, pero que recuerdas porque ellos estuvieron en la cola de 80 horas contigo. 


Yo me he mojado el dedo con tinta muchísimas veces, aunque dude por un momento sobre el sentido de ir a votar, yo lo sigo haciendo. A mí me encanta ser masoquista, si así lo quiere ver cualquiera, y darle una oportunidad a la esperanza de ver un cambio que a veces se ve tan distante en mi país. 


Desde que llegué me han preguntado sobre la situación en Venezuela, y detesto verme en la posición de decir todo lo que pasa. Detesto ser un puesto de souvenirs de turismo político, y detesto aún más ver las caras de terror de mis interlocutores cuando les cuento que el promedio de muertes violentas por fines de semana es de unas 80 personas. 


Me fui de Venezuela por 6 meses porque ya nuestra relación no estaba funcionando. Porque ya no me calaba más sus bipolaridades, porque no aguantaba más tanta violencia doméstica. Una actitud bastante cobarde, si somos justos, pero me bastó poner un pie fuera de mi tierra para entender lo que significa ser venezolana, y vaya que yo no soy era nada patriótica. 


Hoy no puedo disfrutar la tradicional cola por horas, hoy no voy a hacer amigos de un día que me dan su opinión y predicción sobre lo que va a suceder. Hoy no voy a estar parada mil horas esperando para poder mojarme el dedo. Hoy no voy a luchar contra la desorganización. Pero sí voy a estar horas pegada a mi computadora, sí voy a vivir la presión en el pecho (también tradicional) por los resultados y, sobre todo, voy a mantener la esperanza arriba. 


Porque éste es el primer paso. Porque tal vez no sea una elección conflictiva, pero igual me siento absolutamente apátrida (éste es el significado más cercano, Esteban) por no cumplir con mi país y por no dar mi opinión, porque cada elección cuenta. 


La gente me pregunta por qué voy a volver a Venezuela si puedo intentar extender mi estadía aquí. Sencillo: si así me siento con unas elecciones primarias, no me quiero imaginar lo que podría sentir al estar ausente el 7 de octubre. Así logre cambiar mi dirección. No, cariño, ¡qué va! Las elecciones, para mí, se viven completas. 


A fin de cuentas. Que salgan a votar. Que dejen la desconfianza, porque muchas veces dudamos más en una relación personal e igualmente nos lanzamos al vacío. Que ayuden a dar el primer paso. Que voten, por quienes no pueden, por quienes vuelven para el 7 de octubre. Porque es importante y porque hay que cambiar tanto zaperoco junto. 


Voten, porque no hay de otra. Porque los venezolanos tenemos guáramo y porque sí, y punto. 


Mucha gente dice: "Yo me voy de Venezuela porque no soy masoquista." (con el respectivo ritmo de Carlos Baute), pues a mí la que me aplica entonces es ésta: 


"Yo sí vuelvo a Venezuela porque yo soy masoquista." 

viernes, 3 de febrero de 2012

I'm so sorry for saying thank you!



Los británicos son conocidos por muchas cosas: por ser fríos, por la puntualidad y por su té. Vale, de todo esto sólo el té es lo que he confirmado. Primero porque con el montón de inmigrantes que tienen, como que ya se resignaron a que el Big Ben no es quien dicta el ritmo de vida. La súper población que tienen ahora, con su gran mezcla de culturas, los hace más tolerantes al tema de la impuntualidad, y no es como que te van a sacar un ojo por eso. Al menos no la gente joven.


Por otro lado, el asunto de la frialdad tiene un poco de realidad y un poco de ficción. Esta gente no anda por la vida en bikini (como todo el mundo imagina a los latinoamericanos), bailando, besando y abrazando a personas que acaban de conocer (algunas mujeres sí lo hacen), pero es porque ellos son así, Europa en general es así. El asunto está en que cuando yo pienso en el término "frío" (además de recordar una noche por demás loca en mi vida) pienso en gente antipatiquísima. Y nada más lejano de la realidad con los súbditos de Elizabeth.


Esta gente es demasiado amable. A veces demasiado. Para todo dicen "thank you" y por todo se disculpan. Es como si los jevos cargaran una culpabilidad histórica (ve tú a saber por qué), e incluso cuando tú eres quien comete una falta, los panas se disculpan.


He aquí un ejemplo claro del asunto: Este humilde engendro de escritora que soy, siendo latinoamericana por excelencia, busca descuentos hasta debajo de la alfombra de su cuarto. Ergo, cuando va al cine ella siempre pide su descuento de estudiante. Intentando aprovechar las oportunidades de ser una estudiante de nuevo, me acerco a la venta de cotufas y demás afines (lástima que no tienen combo de tequeños) y pregunto si puedo obtener alguna rebaja. Es decir, me estoy pasando de viva y de lambucia. Y la mujer me responde:


"I'm so sorry I can't help you with that! The discount doesn't include food, I'm so sorry!."
con puchero incluído.


Evidentemente no conocen la filosofía del venezolano de "el más vivo es el más cool".


Y el asunto de la amabilidad llegó a su límite cuando viajé a Salamanca hace unos días. Pensemos, por un minuto, en los guardias nacionales en Maiquetía. Pensemos en su cara de miembro inferior posterior, muy bien administrada, y en sus ganas de abrirte la maleta, no importa cómo ni por qué. Pensemos en su necesidad de retenerte un rato, aunque sea para joderte la paciencia. Recordemos que al pasar por los diferentes dispositivos de seguridad, te miran como si fueras la esposa de Carlos, el Chacal, o bueno, como alguien de la oposición.


Con todo este background lleno de sabor latinoamericano, esta humilde servidora se dirige a pasar por los detectores de metales y se encuentra a un señor viejito (como unos 60 y muchos) diciéndole que se ve mucho mejor que el resto de las personas que están en el aeropuerto. Previamente a esto, ya esta india había sacudido su plumaje al ver una pantalla con forma de cuerpo humano, con una proyección de un ser vivo diciéndote cómo tienes que guardar los líquidos en tu handbag. Luego, al recibir el piropo de señor cuchi de aeropuerto (primer corto circuito), yo empecé a sentirme en una obra de Dalí. "¿Qué se supone que haga?
¿Salgo corriendo o pretende que le dé mi teléfono?"


A esto le sumamos que el amigo me dijo "sweetheart" y "darling" como 3 veces: "How are you darling?" "You can put your belongs here sweetheart". Pienso  para mis adentros: "O esta gente tiene por Biblia el Manual de Carreño, o el nuevo target de levante son los seres muy mayores". Y entonces pasa lo impensable: La máquina de rayos X que te chequea el handbag no sabe identificar mi cámara fotográfica, así que me retienen por unos minutos, y la mujer que me atiende, luego del respectivo "sweetheart", me dice: 


"I'm really sorry for making you wait here, but something happened with your bag, don't worry, you'll be on your way in just a few seconds."


O sea, pude ser una narcomula, y por lo visto aquí hasta las narcomulas son tratadas dignamente. Esto es el colmo. No entiendo la sonrisa eterna, aunque la agradezco porque, aun si no es sincera, me ha hecho la vida mucho más sencilla desde que llegué.


Ahora bien, mi pregunta es: ¿Por qué si ellos no tienen sol todo el tiempo son tan amables, y nosotros que nos morimos derretidos todos los días estamos tan agresivos? Sencillo: ellos no tienen lo que nosotros tenemos actualmente. 


Pero incluso con nuestros problemas, me parece que deberíamos usar más el "cariño" y el "disculpe la espera", y menos el "mami" y el "bueno, ya va que no es mi culpa". Me parece que deberíamos tomar más té, y ver menos canales nacionales, al menos por una semana, a ver si nuestra vida mejora.


Sí, utópico. Pero es que no encuentro soluciones coherentes para ese caos que me espera en dos meses.

domingo, 29 de enero de 2012

El Piche Club

Uno sabe que la está pasando bien cuando se le olvida cumplir con esas costumbres autoimpuestas de las que disfruta. Por ejemplo: escribir en este blog. Me encanta hacerlo pero se me ha olvidado. Para mí no es una obligación, es un hábito que quiero fomentar. Pero, seamos honestos, la estoy pasando muy bien en tierras extranjeras. 


Desde que empecé este nuevo trimestre en la universidad (el último que me queda por ahora en tierras del primer mundo) la he pasado bomba. Mis nuevos compañeros son muy panas, muy guais, muy buena onda, cool, o como quieras decirlo. Tenemos muchas cosas en común, y eso es lo que me lleva a escribir este post. 


Por alguna extraña razón que desconozco, el imán que tengo hacia la gente piche se ha hecho más que evidente durante las últimas tres semanas. Y para evitar ofender a nadie (y si se ofenden es porque no me imaginan hablando mientras leen este post), definamos, pues, a la gente piche: 


Piche en venezolano significa podrido, fuera de la fecha de consumo, en proceso de fermentación. En dos platos: si te lo comes a pesar de que ya le echaste una olida y sabes que huele mal, vas a tener una indigestión segura. Si a pesar de la advertencia decides comértelo, eso ya es tu peo. 


Hace ya algún tiempo definí el tipo de hombre que me gusta y que una vez a la cuaresma -con suerte- puedo llegar a levantarme. Los fulanos recogelatas chic. La gente piche está bastante cercana a este tipo de seres (y viceversa), pero la diferencia es que a mí no me provoca morderlos. 


La primera condición de una gente piche es estar piche por dentro (de ahí el nombre, pues). O sea, no es que huelas mal, mi amor. No. El asunto de la pichez es que no estás en tu mejor estado, ergo, todo lo que puedas sentir o pensar está en turbulencia. Yo atraigo a ese tipo de gente. 


Lo siento, amigos y amigas previas, lamento decirles que son unos piches. 

Porque no sólo se trata de complicaciones por problemas varios, el asunto está en la intensidad con que se vive esa complicación. La obsesión masoquista, el exceso de drama, la búsqueda constante del spot light para decir "tengo un problema, lloro, y no sé cómo solucionarlo." Es lo que la gente conoce como los "intensos" y "sensibles" de la sociedad, porque somos artistas. 


Así es la gente piche, pero no sólo eso. No sólo se limita a complicarse con emociones y pensamientos. NO. También se complica con las situaciones en las que se ve incluído. Condición sine qua non de la gente piche: enrollarse con un ser cercano que lo conoce demasiado bien y que, one de repente, ha decidido iniciar "algo más que una amistad". Complicación innecesaria y romanticismo extremo.  También aplica empezar a sentir más de la cuenta por alguien que no se supone que debería ser un "más de la cuenta". 


Eso hay que dejárselo a las novelas de Venevisión (y RCTV cuando vuelva) y a Televisa. O bueno, si queremos ser un poco más internacionales: dejemos esas tramas ridículas para Jennifer Anniston y sus 80 mil comedias románticas. 


La gente piche no nació cuando tenía que haber nacido. No comparte los gustos musicales de su época, ni le gusta vestirse con la moda nefasta de su generación. A la gente piche le gusta lo vintage, lo de segunda mano, lo que probablemente tenga ácaros y ácaros de historia. Porque a un miembro del Piche Club le gusta crearse historias y significados de todo. Le encuentra un significado hasta a los lunares propios. 


La gente piche se cree alternativa. Somos únicos en nuestra especie, nadie nos puede imitar porque somos demasiado originales (risa interna que se burla de mí misma). Leemos vainas como Alejandra Pizarnik, Virginia Woolf -por irse con los que puedan ser más populares- y vemos películas en donde no explota nada. Porque somos tan requete cool que nadie puede pensar igual que nosotros o verse como nosotros. Basta que alguien nos imite para cambiar de estilo. Te somos cultos y usamos lentes de montura cuadrada cuando nadie lo hace, y cuando se vuelve trendy, empezamos a usar la ropa de nuestra abuela en modo de protesta. 


Amigos piches (y me incluyo): 


Aceptemos que los hipster, indie, hippies y demás tendencias fashionistas existen. No hay nada malo con eso. 

El asunto está en que los piches se atraen unos a otros y eso es algo inevitable. Sería muy radical generalizar y decir que los piches son sólo artistas. Porque estoy segura que algún ingeniero, abogado o administrador del mundo es un piche también. Y lo sé porque tengo amigos de este gremio, y, evidentemente, si son mis amigos, están piches. 


La pichez no se quita y tal vez sea demasiado para el común denominador. Pero el queso es leche piche, el jamón serrano es jamón podrido de años y ni hablemos de proceso de fermentación de las uvas


Sí, la pichez es complicada, y no todo el mundo la entiende. Pero ¿quién dijo que todos los paladares saben cómo catar un buen vino? 

lunes, 23 de enero de 2012

Mi momento de película.






Una de las cosas que realmente me gusta del viejo continente es la posibilidad y facilidad que te ofrece de viajar de una país a otro como si fueses a Margarita o a Valencia. O sea, en pocas horas. Lo bueno de aquí es que existen dos aerolíneas perfectas que te dejan los viajes a dos lochas. Creo que mi pasaporte nunca había tenido tantos sellos, y tampoco es que he salido demasiado de Inglaterra. 


Gracias a la existencia del capitalismo salvaje, se crearon estas dos aerolíneas, porque estoy segura que algún jevo o jeva dijo: "Si esta gente viaja en formato triple B (bueno, bonito y barato) yo me voy a hacer millonario(a)". Entonces uno te va por la vida europea danzando en función de las ofertas de estas empresas. 


El caso es que este fin de semana que pasó fui a Salamanca a ver a una de mis dos mejores amigas. El hecho es que yo soy una mamita, jevita, rosita. Y verla después de un año (no es mucho, pero para mí se sintió un siglo) fue algo que va más allá de la palabra importante. 


Al despedirme, como buena venezolana, como buena latina, me fui en llanto histérico incontrolable. Parecía niñita de pre-escolar en su primer día. No miento, estuve llorando, como mínimo, una hora. Y fue durante esta llorantina y moqueadera que tuve mi momento cinematrográfico de la vida real: 


Estoy yo hecha un trapo sucio por mi llantén, y una señora (que desde que se montó en el autobús me tenía la piedra afuera por lo duro que hablaba), me agarra la mano, se pone a llorar conmigo y me dice: "Qué pasa?". 


Yo, como siempre que estoy en mis momentos de La Lupe, me había valido de la música para multiplicar como por 1000 (se lee mil) mi depresión y hacer todo más dramático. Porque soy una drama queen innata. 


Entre la música y la moqueadera no entendía qué estaba pasando, y la señora, con unas pepas de ojos verdes (sí, esmeralda) no me quitaba la vista de encima y su guarapo se aguaba cada vez más. "Qué pasa?" me vuelve a preguntar. Yo le explico, tratando de ser lo más digna posible, y luego la señora balbucea unas palabras entre español y algo más. 


La mujer era lituana, y probablemente no entendió lo que le expliqué. Pero me regaló mi momento de película. Me regaló una mirada que espero poder reproducir algún día, si llego a ser una actriz coherente. 
Me recordó de que va todo el jolgorio de este eurotrip que me estoy echando. Me regaló ese momentico de magia que me recordó por qué quise venir a Europa, pues:


Yo vine a tener una vida de película

Yo vine a ser una mezcla entre chica Almodóvar, Amelie y una Marion en pleno París con el Woody. Todas las mujeres coherentes que conozco (me incluyo, a pesar de no ser coherente) queremos un poquito de esto. De bolas que ni me acerco, y la mayoría de mis vivencias han sido bastante normales, pero esta señora me dio un pedacito de celuloide imaginario. 


No sé cómo explicarlo. Porque en Latinoamérica tenemos el triple de calidez, eso sí. Pero que una completa extraña me regalara su mirada, una sonrisa y un "todo bien" ("todo va a estar bien", eso fue lo que quiso decir), me hizo sentir en una película (no sé si cursi o no, eso lo decido luego). 


Demás está decir que el Ipod se lanzó rolo e' soundtrack durante la llantina. 

martes, 17 de enero de 2012

Mira, panita, es contigo

Estos últimos días han sido bastante geniales, la verdad. A mí se me ha olvidado escribir, por eso me autoflagelo con una nalgada virtual por mi mal comportamiento y mi falta de seriedad ante mis hábitos de escritura. 


En todo caso, típico que el sentido del humor de Dios (o de quien sea que gobierne el mundo) es un misterio incluso más grande que el fulano misterio de la Santísima Trinidad. Porque Dios, si existe, se ríe compulsivamente de nosotros, y nuestras vidas son básicamente un sit-com donde él y otro pana llamado Belcebú juegan al humor negro. 


Y esto lo digo particularmente por los últimos acontecimientos de mi vida. Por muchas razones (demasiadas) que no vale la pena comentar, yo tengo problemas graves para entender el sentido del humor de Dios. Y mira que yo tengo humor negro, pero es que ese jevo (ente) va a otro nivel. 


Porque esas distribuciones sentimentales que pone son bien extrañas. Ese juego de 90210 que hace con el mundo, a mí me parece de muy mal gusto y simplemente no entiendo de qué van sus chistes. 


Me refiero, pues, a que ese sentido del humor tan bizarro ahorita se está manifestando nuevamente en mi vida. Porqu cuando llegas a un país nuevo te cuesta una bola, parte de la otra -y algunas que otras prestadas- acostumbrarte a la nueva cultura, socializar (aunque seas latino, rumberito y guapachoso, cuesta), hacer amigos y entender de qué va la nueva realidad... Eso es normal. Pero justo cuando te acostumbraste, entonces empieza a pasar todo lo fino...Y te queda poco tiempo. 


Entonces yo no entiendo. 

O sea, yo creo que Dios (si existe) debe ser de esos padres tipo militares que no lo pueden ver contento y tranquilo a uno durante la adolescencia porque lo ponen a hacer algo que lo moleste. Y ahorita que ya me queda poco, me lanza todo lo bueno para que yo por dentro diga "no me quiero ir", "¿por qué me tengo que ir?". Cuando al principio andaba como Marimar sin su perro, llorando por los rincones porque tenía mamitis aguda. 


Yo no entiendo el sadismo de ese jevo (porque tiene que ser un jevo para joder tanto la paciencia, o una jeva con la menstruación perenne). No entiendo cuál es su disfrute con la eterna duda en la que nos tiene. No entiendo cómo es eso de que nos hizo a su "imagen y semejanza" y salimos tan piches y complicados. Si somos semejantes a ti, perdóname, pero tú debes ser más piche que yo, panita. 


Y no estoy blasfemando, porque yo no creo. Además, desde que entré al Vaticano y no exploté, duermo tranquila con mis palabras. 


En todo caso, que me parece bomba que hagas de mi vida un sit-com, panita. Pero procura que dentro de todos los episodios, haya algunos tipo Friends o Modern Family. Ya pasé por la etapa de The Big Bang Theory, pero te acepto una al estilo bien bohemio, porque esa maña no se me va a quitar. 


Lo único que te exijo (porque los actores tienen que exigir derechos en sus personajes) es que dejemos ya el temita adolescente y pasemos a la comedia inteligente. 

jueves, 5 de enero de 2012

Reflexiones post-Eurotrip


Pues finalmente volví a mis andadas. Estuve ausente (para los dos lectores que pueda tener) por razones de absoluto placer. Al fin me fui de viaje por las europas, a conocer algo más del nuevo mundo, más allá del Big Ben y su parlamento. 

Sólo fui a España y a Italia. Pero no me arrepiento. Todavía tengo alguito de tiempo para ir a algunos otros pasajes turísticos, pero esa planificación vendrá luego. Recorrer un poco de lo mucho que tiene Europa por ofrecer fue (no lo voy a ocultar ni a disimular) simplemente maravilloso. 

Estoy absoluta y perdidamente enamorada de Barcelona. Gaudí era un loco, por lo tanto, era un genio y no hay rincón de esa ciudad (al menos lo que conocí) donde no se respire alguna partícula del ADN de ese señor. Me quedé con ganas de conocer demasiado, y con poco tiempo para hacerlo, por volveré. Damn right que volveré.


Italia. Italia es otro rollo y es mucho más latina de lo que imaginaba, especialmente Roma. Eso es como Caracas pero sin los motorizados que te arranquen la cartera mientras vas caminando. Porque hay motos, pero son al estilo romanticón de recorrer las callesitas. Son al estilo de Julia Roberts (quien por cierto, en la película, debió quedarse comiendo en Italia, porque el resto simplemente es un somnífero hecho celuloide). Todo es grande, exagerado e imponente. Para mí que los emperadores tenían complejo del pipí chiquito, porque si no, no entiendo tanta grandeza. Igualmente, es un libro de historia hecho ciudad, y tener una ruina a dos pasos, cada vez que caminas, es algo simplemente fabuloso.

De Florencia también me quedaron más ganas, sobre todo de compartir con dos personas que me recordaron (a pesar del poco tiempo que tengo yo por estas tierras primermundistas) lo que es ser venezolano. Es preciosa, es pequeña, es como una ciudad dentro de una de estas bolitas de cristal que echan nieve cuando las mueves. Tiene una magia que todavía no sé definir. Es una magia como la que viví con uno de los mejores artistas de calle que he visto en mi vida (si no, el mejor). Es como un suspiro (re-cursi) y una inhalación extrema. El suspiro cuando recorres las calles, la inhalación extrema cuando ves El David de Miguel Ángel.

Pero Venecia es otro rollo. Venecia es el lugar para que te roben un beso a media noche. Es ese sitio donde DEBES ir con tu pareja y perderte en alguna calle, y dejar que la oscuridad haga lo propio. Es la ciudad más romántica que he conocido porque hasta a mí me provocó ser cursi. Y no he conocido París todavía, pero dudo que las góndolas y el gondolero cantándote puedan compararse. El romanticisimo, en París, me lo imagino un poco más en las gónadas que en la parte oscura que quiero ocultar (que, de hecho, compra los argumentos absurdos y empalagosos de las comedias románticas). 

Terminé el año como nunca pensé que iba a hacerlo. Porque este viaje empezó como una idea poco realizable, y ahí estaba yo, el 31 de diciembre, con una de mis mejores amigas, viendo los fuegos artificiales frente al London Eye, pellizcándome en secreto para entender que de hecho estaba ahí. Porque Hollywood te transforma la mente y te la pone más... No sé cuál sea el adejtivo, pero te la pone más y ya. El hecho es que uno sueña, gracias Hollywood, que algún día pasará su año nuevo en la calle, en NY, en alguna plaza gigante de España, o en algún punto, con muchos desconocidos... Que la champaña explota a borbotones de muchas botellas y que conoces al alguien de tu vida en ese momento. 

Por supuesto que el alguien de mi vida se escondió, si es que estaba allí. Pero de resto, sí pasó casi como me lo imaginé. 

No tengo resoluciones de año nuevo, porque eso de exigirme algo, sólo porque cambiaron los número del calendario me parece, a estas alturas, bastante tonto (mis respetos para quienes sí lo hicieron y se comprometan a cumplirlo). Creo que, simplemente y por ahora, mi filosofía será la de "go with the flow", que muy sabiamente alguien me repetía hace ya algún tiempo.

Por ahora, sólo quiero tripearme mis últimos meses en el Reino del Té con galletitas, y luego ver qué pasa. Lo único, lo aboslutamente seguro que tengo, es que este año a partir de marzo debo estar en mi país. Porque estar lejos afecta, y más cuando sabes que va a ser un año difícil. Vale, que hay esperanzas, pero igual será difícil lidiar con todo lo que nos viene. 

Ya luego veremos qué hacer. Pero al menos eso me ha dejado el último trimestre del 2011: Dejarme de muchas mariqueras (no de todas, porque ahí sí estaría totalmente recuperada de mi locura, y no deseo eso ni un poco) y hacer lo que quiero. Si quiero quedarme todo el día en casa, porque el viento es demasiado fuerte, lo voy a hacer...No me importa si me juzgan porque estoy "dejando de conocer"... hay días y condiciones para hacer de una experiencia algo único y hay días en que eso no sucede. Punto. 

En dos platos: que te dejes llevar, que todo fluya y que todo siga resbalando en la medida de lo posible. Si algo sigue quedándose pegado, trata de echarle más aceite, y si no, déjalo en remojo, que finalmente saldrá la mancha. 

No hay nada particular en este post. Pero me ha hecho bien escribir, y creo que eso sí lo seguiré haciendo este año.